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Enrique Auyanet


    Enrique Auyanet es actualmente presidente de ADENCH [Asociación de Descendientes de la Nación Charrúa].

Entrevistador/a: ¿Qué significa autodenominarse como descendiente charrúa?
Enrique: Está la parte genética y la parte cultural. Nosotros, [la descendencia] la consideramos desde el punto de vista cultural; lo que nos convoca es sentirnos charrúas, no la genética. Desde mi punto de vista, pedir un examen de sangre es una vergüenza. Si a mí una persona me dice que es judía, es judía. No le pido un examen de sangre para saber su identidad. Es una cuestión de reconocimiento, de conciencia […]. Ya no tiene sentido seguir hablando de razas cuando en todo el mundo se habla de "la gran familia humana".

Entrevistador/a: ¿Cuándo se funda ADENCH?
Enrique: Se funda el 19 de agosto de 1989, en la ciudad de Trinidad, departamento de Flores. Hay dos vertientes por las que surge en aquella época. Por un lado, el Ministerio de Educación y Cultura tenía interés por saber sobre los descendientes. Se había trabajado mucho históricamente, desde el punto de vista oficial: era una historia escrita por el blanco, en la cual a los indígenas, en 1831, los habían matado a todos. La vieja historia de que de los indígenas no quedaba nada. Por otro lado, una conexión territorial hizo que en Flores se juntara una cantidad de gente que hasta el momento trataba el tema sólo con la familia o amigos muy íntimos. Seguimos en comunicación y formamos ADENCH; pedimos personería jurídica en 1990, ya que había mucho por hacer. Lo que unió mucho fue saber que Vaimaca Perú había dejado descendencia, y que su voluntad era regresar. Se trató de cumplir con ese héroe, con ese abuelo. Desde ahí, fueron diez años para lograr la repatriación. Sabemos que luego fue a estudio: desarmaron el cráneo para estudiar su masa encefálica. Se olvidaron de que era un ser humano. Nuestra idea era sacarlo del Museo del Hombre, que era donde había estado exhibido durante mucho tiempo. Era importante para nosotros tratarlo como a una persona, humanizar el tema.

El 17 de junio del 2002 llegaron los restos, y el 19 fue la peregrinación. Queríamos que se hiciera un velatorio en el Palacio Legislativo; obviamente nos dijeron que no. Después solicitamos el Cabildo, pero siempre había alguna excusa […]. En cuarenta y cinco minutos vinieron desde la Base Aérea hasta el Cementerio Central; mucha gente salió al paso. Transcurren casi dos años. Se hizo un juicio de amparo, con medidas cautelares, tratando de que apareciera un convenio entre Facultad de Humanidades, Ministerio de Educación y Cultura y Universidad de la República, para hacer estudios de ADN, radiografías, etc. El inconveniente es que no se nos había consultado e informado para qué eran los estudios. Había antropólogos que decían que era totalmente innecesario hacer esos estudios a una sola persona, ya que no servía para hacer comparaciones. Se les decía a los descendientes que se iban a mirar como en un espejo, cosa que era una total mentira. Los datos que se comprometieron a enviarnos nunca llegaron. No sabemos si fueron relevantes o no. Y lo que más nos duele es que se lo siga tratando como un objeto extraño.

Entrevistador/a: ¿Eso fue un acto de discriminación?
Enrique: Sí. Es una especie de discriminación, de racismo, y nosotros seguimos luchando contra eso, y esa especie de segunda colonización que lamentablemente existe.

Entrevistador/a: Entonces ¿el tema Vaimaca es un pilar?
Enrique: Lo que sucede es que cuando llegaron los restos de Vaimaca, no quedaba claro en manos de quién estaban. Fuimos al Parlamento –al igual que por la Ley de Repatriación– a reclamar como parientes lejanos, si se quiere. [Fuimos] a denunciar que no se le estaba dando el tratamiento esperado, ni respetando los Derechos Humanos (ya que desde marzo del 2004 se  prohibieron los experimentos científicos con humanos). Al otorgarse la ley, vamos a la Intendencia con la finalidad de hacer la reducción. Contratamos a un antropólogo forense y a una escribana pública para que hiciera todo el protocolo. Se sacaron noventa fotos, registrando todo. La discusión se armó en torno a la afirmación de que los restos estaban "prácticamente completos". ¿Cómo prácticamente completos? O están completos o no lo están; o falta un hueso o faltan dos. Ahí abrimos los ojos. Los antropólogos tenían la intención de seguir estudiando a perpetuidad. Hay dieciocho piezas que no están, y alguien, en algún momento, va a tener que aclarar lo que pasó con ellas. Yo creo acá ha habido una huella de impunidad. Siempre hemos tenido que denunciar, y queremos salir un poco de eso, que la gente vea lo que estamos haciendo. Pero tampoco podemos dejar que unos restos estén en el Panteón y otros restos estén en el laboratorio. Estaría bueno que en Humanidades existiera algún gremio de ética, que evalúe cómo se trata el tema indígena en las Naciones Unidas, en la OEA. Acá no habrá comunidades vivas, pero hay descendientes.

Entrevistador/a: ¿Cuántos (de los autodenominados descendientes) forman parte de ADENCH?
Enrique: En el padrón de ADENCH hay doscientas cincuenta, pero no todos militan ni todos aportan. No tenemos apoyo del Estado, ni de ningún otro lado. Nos sustentamos a los golpes, y por medio de una cuota simbólica, con lo que podemos. No te da para ir a un viaje a Tarariras o lo que sea. Sabés que tenés que sacar de tu bolsillo. En relación con el Fondo Indígena, hasta ahora no hemos querido ir a golpear la puerta desde el punto de vista económico. Lo fundamental es tener un vínculo de concertación y diálogo con los demás pueblos. A nosotros, si no nos pagan todo, hasta la tasa de embarque, no podemos ir.

Entrevistador/a: ¿A qué te referís cuando decís que querés que la gente los reconozca por lo que hacen?
Enrique: En Tarariras, por ejemplo, hay un proyecto en una escuela que viene trabajando el tema desde hace tiempo. La artesanía es muy fuerte. Hay que dar alternativas a la gente. Hacen cerámica, nosotros llevamos la cestería, otros el cuero, para que los gurises que tienen pocas opciones en esos lugares aprovechen, como hacía el indígena, todo lo que tienen alrededor. Asimismo, estuvimos en Bolivia, donde se celebró un encuentro de mil cien delegados indígenas, sesionando y representando a toda América (e irónicamente se celebró en un cuartel). En esa cumbre, se trataron las migraciones, los derechos del indígena, en la ONU, complementamos el proyecto de la OEA –porque el nuestro ya está cerrado–, aportando nuestras ideas sobre la seguridad alimentaria. Propusimos, por ejemplo, proporcionar una canasta mínima familiar para generaciones como las de Matto Grosso, donde mueren de hambre. Sabemos que una declaración, para que funcione, no sólo tiene que ser reconocida por los gobiernos, sino puesta en práctica. Si se tomara en cuenta el 20% de esa declaración, sería impresionante; una declaración no obliga, pero crea jurisprudencia.

Entrevistador/a: ¿Cómo es que intentan preservar la cultura? ¿Qué lugar ocupan los valores?
Enrique: Hay una cosmovisión interesantísima. El concepto es vivir en armonía, en equilibrio con el medio. Se trabaja mucho el tema espiritual con respecto a eso, a lo que significa el agua, la madre tierra, de donde viene la vida. Este proyecto, que comenzó en 1492, es individual, egoísta. El nuestro es totalmente comunitario: el desarrollo es con identidad, para el bienestar por el todo, la familia... Por ahí pasa todo el relacionamiento que tuvieron los charrúas; algunos lo llaman "colectivismo primitivo", una especie de "comunismo primitivo", en el cual la comida era un derecho de todos. Otra forma de preservar la cultura es reivindicando a Artigas. Para mí, Artigas fue tan charrúa como yo. El valor de la palabra, el tema de la igualdad son temas trabajados por nosotros en las escuelas. Hay escuelas que tienen niños difíciles de estimular, y con esto se entusiasman; llega el recreo y sólo cuatro salen. Capaz que no lo vemos hoy, pero en algún momento el tema de la identidad se va a afirmar. Los valores: "no robes", "no mientas", "todo mío, todo tuyo", como decían Vaimaca y Sepé. El tema de la igualdad y la horizontalidad pega muy fuerte; la solidaridad, la lealtad… Todos valores que se pueden rastrear en Artigas […]. Cuando preguntás, parece que lo único que quedó es eso. Los brasileros tendrían más información que nosotros con relación a las contiendas que sostuvieron.

Entrevistador/a: ¿Y hay prácticas que se hayan mantenido?
Enrique: Sobre todo en las mujeres. La presentación de los niños a la luna es algo que se ha mantenido. También hemos visto que a la niña, cuando llega el momento de ser mujer, se le realiza una especie de celebración. El tema del mate […], que seguimos utilizándolo todos, y al final terminamos todos en la misma rueda, en un círculo. Ahí habría mucho para indagar, para investigar en este ritual. Mucha gente me dice: "me está cayendo mal el mate". A lo que le contesto: "es que usted está abusando; esto es un ritual". No es para tomar dos termos de agua. El tema de la yerba, como el de la coca, es un tema espiritual. También está el tema del caballo; tenían un conocimiento extremo [al respecto]. Sabían tratarlo, domarlo; llegado el momento, lo llevaban al agua. De ninguna manera pudieron haber llegado a ser, en una generación, los jinetes que fueron.  

Entrevistador/a: ¿Qué fechas celebran?
Enrique: El reconocimiento del Genocidio es una de las cosas que volvimos a presentar ante el Parlamento, para que el 11 de abril se reconociera el Genocidio del Salsipuedes. Luego de que pasaron dieciséis años, pedimos que se proclame el Día del Genocidio de la Nación Charrúa, para que se trate, además, a nivel educativo. Hay que ir diputado por diputado, senador por senador.

Entrevistador/a: ¿Qué opinás del debate "guaraní-charrúa"?
Enrique: Evidentemente, desde hace trescientos años, hay mucho de los guaraníes. Pero yo hablo de quince mil años atrás. El español, cuando vino, vino con el guaraní. El charrúa es el habitante originario, muy resistente a lo cristiano. Tenían reticencia hacia la evangelización.

Entrevistador/a: ¿Qué quedó de la lengua?
Enrique: Hay muchas palabras. Se van rastreando hasta los nombres propios. Hay ciento cincuenta nombres de caciques. Es muy común ver en el indígena contar en base cuatro (los quechuas, los mayas, los charrúas).

Entrevistador/a: ¿Qué vínculo hay entre las comunidades de nuestro país y las de otros países?
Enrique: En el Fondo Indígena estamos en contacto con diecisiete países. Mejor no podría ser. Hay una agenda continental, para ir dándole seguimiento a toda la documentación. Considero que el movimiento indígena está creciendo. Comienza un tiempo nuevo, y creo que van a venir gurises que van a dar más. En este Fondo, estamos representados seis de las siete comunidades que hay en Uruguay. Con respecto a INDIA, no tuve ningún tipo de problema personal con nadie. Siento que hubo diferencias con relación a la ideología que teníamos desde el principio; tenemos una ideología del ser humano. La INDIA, fundamentada, en sus estatutos –que no sé si están publicados– está a favor de los estudios, a favor del museo antropológico. Esto se vio muy claro cuando estábamos tratando el tema de Vaimaca, y ellos llevaron al juez una solicitud a favor de los estudios, contraria a nuestros intereses. Se armaron dos grupos: uno a favor de que se estudiara, y otro para terminar con la filosofía de lo arqueológico, lo fósil […].

Para la elección de los delegados del Fondo, convocamos a INDIA, y ellos no asistieron. No nos creemos los dueños de la verdad, pero tampoco andamos con mentiras. Cuando nosotros demostramos que fueron convocados, dieron la marcha atrás y argumentaron no estar representados. Las asociaciones también tenemos diferencias, por ejemplo, sobre adónde tienen que ir los restos de Vaimaca. Algunos dicen que a la tierra; otros, al Panteón. Pero hay otra democracia, un consenso. Si yo prefiero que esté en el Panteón, igual sigo participando, no me excluyo. Las reuniones del Consejo charrúa, son cada dos meses, pero participamos cuarenta o cincuenta. Por ejemplo, la última reunión fue en Tacuarembó. Para muchos, un lugar lejano, y un pasaje costoso. Aunque quieras, no podés ir.

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