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Juan Carlos Luzuriaga

 
    Juan Carlos Luzuriaga es investigador especializado en la comunidad vasca de Uruguay. Una de sus publicaciones más importantes, realizada junto con Martha Marenales, es: Vascos en Uruguay.     

Entrevistador/a: ¿Usted es vasco o descendiente de vascos?
Juan C: Soy descendiente, en varias generaciones. A mí me pasó que yo sabía que mi apellido era vasco. Cuando estaba estudiando (hacía preparatorio de medicina), tenía una compañera descendiente de croatas (en ese entonces eran yugoslavos). Incluso, ella bailaba en un conjunto de baile croata. Un día, hablando, ella me trató de gallego. ¡Y me dio una cosa! Mi abuela era gallega y no me molestaba, pero yo le dije: "yo soy vasco". Esta fue la mecha que me llevó a averiguar algo. Estoy hablando del año 70 y algo, en tiempos de dictadura. Me acuerdo que me compré un libro de Julio Caro Baroja, antropólogo, que se llama Vascos; es del año 1947. Después, me seguí interesando por el tema y me vinculé a los centros un poco más. Empecé, entonces, a trabajar sobre aspectos migratorios, aporte y ese tipo de cosas. De ahí me dediqué a estudiar un poco más sobre el tema, me comprometí más.

Entrevistador/a: ¿Actualmente, pertenece a algún centro?
Juan C: Pertenecí mucho tiempo a Euskal Herria y a Haize Hegoa, pero ahora, nada más, estoy en la parte de historia. Estoy más relacionado con este último centro porque, en primer lugar, tengo una buena relación con las personas de allí y mis hijas, además, bailaban en el grupo de danza. Digamos que me vinculé naturalmente. Tengo bastante claro el tema de los centros y sus problemas, pero creo que la colectividad vasca es mucho más. Los centros son muy pequeños en cuanto a la proporción de gente que los integra, si se los compara con la población de vascos en nuestro país. Creo que la actividad por fuera es mucho más grande y tiene otras características. Lo que sucede con los vascos es que al compararlos con otras comunidades son menos fáciles de identificar. Yo pienso que la gente se integra a un centro por curiosidad, principalmente; no se integra porque es hijo o pariente directo sino que se integra de esa manera, por esa razón. Para los vascos, por supuesto, la familia y la heráldica tienen sus características, pero, en general, se integran por esto.

Entrevistador/a: ¿Tiene algún vínculo con el País Vasco?
Juan C: Sí. He tenido la oportunidad de visitarlo, también. Cuando fui, iba predispuesto a vivir como la gente del país. Me decía a mí mismo: si acá la gente come todo el día pescado, entonces, yo también. ¡Y sufría! Soñaba con los ravioles. Lo que se ofrecía de postre era queso y dulce de membrillo, ¡y acá estamos aburridos de comer Martín Fierro! Se come también lo que son embutidos, chorizos. Pero, lo que me más llamó la atención era que el postre tradicional fuera el queso y dulce de membrillo. Hay otras cosas que a nosotros no nos llegan y ellos pasan comiendo: el queso de cabra, de oveja. Acá son muy costosos y, además, no estamos acostumbrados. Nosotros somos de comer mucha carne de vaca y todas sus variantes. Lo que llama la atención a los que vienen del País Vasco son las cosas similares que hay acá, que parecen vascas. Un amigo que vino el año pasado me decía eso. Fue a Florida y no podía creer que hubiera tanta gente en bicicleta y con boina. Esto es tan natural allá, tanto en lo urbano como en lo rural. O la alpargata, que hoy también es algo urbano. Todo eso se introdujo en la sociedad y parecen como propias. Pero están muy incorporadas a la matriz criollo-guaraní o hispano-criollo.

Entrevistador/a: ¿Ve diferencias entre el País Vasco y el Uruguay?
Juan C: Cuando yo fui, en 1999, quedé impactado. En ocasión de un acto político, tuvimos que subir a lo alto de una montaña para escucharlo. Hablaba Arnoldo Otegui (que es el líder de Batasuna) y venía a inaugurar un local partidario. Me acuerdo que empezaba a la una de la tarde. Antes de Otegui, hablaba un orador local. Me acuerdo que pensé: bueno, acá me tengo que quedar, vaya a saber hasta qué hora. Lo peor es que ellos tienen la costumbre de que primero hablan en vasco, y como yo no sé, no entendí nada. Lo más cómico es que por las caras de los que allí se encontraban, se ve que muchos tampoco entendían, pero como son nacionalistas, escuchan atentamente y asienten con la cabeza. Y bueno, habló en vasco y después en castellano. Una y cuarto subió Otegui a hablar y una y media terminó el acto. ¡Yo no lo podía creer! En primer lugar, no entendía cómo había empezado en hora y había terminado en hora; y en segundo lugar, cómo el líder más importante de Batasuna había hablado quince minutos solamente. Después entramos al local inaugurado y había queso, fiambres y demás para convidar. Luego nos fuimos. Yo estaba impresionado y le pregunté a la compañera con la que iba cómo podía ser eso. Ella me dijo que en caso de que se hubiese extendido más tiempo, la gente se iba porque se aburría [sic] y ellos no estaban acostumbrados a eso. Ellos no están como acá, acostumbrados a los largos discursos, en todo sentido. Pienso que si ellos, que ahora están "globalizados", actúan así, me imagino que hace cien años ¡hablarían mucho menos! Lo que tiene es que son muy toscos.

Otra cosa [diferente] es que allá, por ejemplo, la visión del caserío (tan conservada en Uruguay), ni existe prácticamente. Ellos están para otras cosas. Aparte de eso, allá está más metido lo de la industrialización y la globalización. Esto hace que el vasco común y corriente tenga una visión naturalmente más hedonista y consumista de la sociedad. A mí me dio la impresión, cuando fui, que ellos combinan ese vivir en la globalización –porque no tienen más remedio– con otras particularidades, como por ejemplo, la investigación de la presencia de civilizaciones en el territorio vasco. Para eso nunca falta plata. Entonces siempre saben que tal poblado tiene siete, nueve o diez mil años de antigüedad, cuál es romano, prerromano, etc. Incluso, después de tantas investigaciones, han aceptado que los romanos sí estuvieron allí y no el relato de que el pueblo vasco había resistido al dominio romano con éxito. Así hacen con todo: valoran mucho seguir manteniendo la llama de ese legado.

Ellos, a partir de la experiencia política actual, hacen que todo esté muy avanzado: tienen el ferrocarril más rápido de toda España, etc.). Además, ponen dinero para eso. La calidad en el transporte es inigualable, pero no porque sean más vivos sino porque tienen más dinero. Esto es todo un tema político, ya que ellos siempre tratan (como sea y en todos los aspectos) de estar marcando la diferencia. Lo gracioso es que allá todo es eusko (vasco); todas las empresas apuestan siempre a lo nacional. Si bien se vinculan mucho con la modernización, la globalización y lo europeo, tratan de conservar siempre lo propio. Si vas a un ayuntamiento, por ejemplo, encontrás la bandera española (porque se la tienen que aguantar), pero le colocan de un lado, la bandera vasca, y del otro, la de la Comunidad Europea. ¡Las tres banderas! Se podría hacer el paralelismo con nosotros: la de Artigas, la uruguaya y la de los Treinta y Tres orientales.

Entrevistador/a: ¿En ambos lugares los vascos siguen apegados a la religión católica? ¿Qué diferencias ves?
Juan C: Sí, puede ser. A la política también [son apegados]. Acá los vascos que venían en el siglo XIX, eran muy católicos, eran muy creyentes. Pero creo que de eso no quedó nada. Tal vez, a principios del siglo XX, todavía quedara algo, pero ahora, no creo. La presión social que ejerce la Iglesia allá, acá no existe.

Entrevistador/a: ¿Ésta puede ser una diferencia con Argentina o no?
Juan C: Sí, por supuesto. Con respecto a la Iglesia, sí.


Entrevistador/a: Y con respecto a la inmigración, ¿es cierto que para Argentina se iban más los vascos "cultos" y a Uruguay venía la mano de obra trabajadora?
Juan C: No, yo no creo. Incluso, en el S. XIX, cruzaban de un lado a otro con toda facilidad. Yo no veo que los "literatos" se hayan ido a Buenos Aires y los trabajadores acá. Por ejemplo, Iparraguirre (músico, nacionalista, carlista de los que soñaban con la completa libertad del pueblo vasco) hizo una canción: El árbol de Guernika. Llegó al Río de la Plata como tantos otros, intentando trabajar. Y le dieron algunas majadas, pero él estaba para otra cosa. Había abierto un café en el Paso Molino pero él era un bohemio de verdad. Como había hecho esa canción que de alguna manera identificaba a todos los vascos, lo repatriaron, pero dejó a toda la familia acá. Este señor vivió siete años en Uruguay y tres meses en la República Argentina. ¡Y es el creador de la canción patriótica más conocida del País Vasco! Estuvo también aquí, Chávez Chavaleta que era el químico que certificaba el agua SALUS (y eso es fácil de comprobar porque aparece en las etiquetas). Vino también otro intelectual, Bengoa… Por eso digo que yo no creo que hayan diferencias en ese sentido. De hecho, sí vinieron muy pocos. Hay que tener en cuenta que es una inmigración "de pobres". No venían acá, generalmente, personas con dinero. Existe una polémica, que tenemos con Alberto Irigoyen (escritor de novelas vascas, que ha tratado temas de inmigración vasca, difusión, etc.). Él es de los que mantienen la idea de que la inmigración vasca fue menos exitosa de lo que realmente se dice, porque no se cuenta la historia de los que fracasaron, de las personas a las que les fue mal.

Entrevistador/a: Y para usted, como historiador, ¿cómo fue la inmigración vasca en Uruguay?
Juan C: Yo creo que la inmigración, a grandes rasgos, fue exitosa, ya que ellos acá podían comer. Allá tenían dificultades básicas que acá no tenían. El problema es que nosotros trasladamos las necesidades del siglo XXI a mediados del siglo XIX. Lo que se pretendía en ese siglo era comer. Esto, en el caso de los vascos, era fundamental, porque venían de familias muy numerosas en las que escaseaba muchas veces la comida. El País Vasco es un país importador de granos y las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya, principalmente, tienen problemas de abastecimiento. Comer era el objetivo principal. Por supuesto, hacer plata, también, pero no era más importante que el primero. Si nos ubicamos entonces en lo que ellos querían, lo lograron.

En el siglo XIX, aquí y allá, no existía un sistema de seguros sociales como hoy se conoce y, por lo tanto, si a uno le iba mal y no tenía apoyo familiar, perdía. Pero esto le sucedía a vascos, italianos, etc. La "sombrilla" protectora del Estado en el siglo XIX no era natural, no existía. Cuando uno lee, por ejemplo, a Tomás Otaegui, piensa que a todos los vascos les fue bárbaro porque sólo sacó a relucir a los vascos que les fue bien. Cuando escribe Otaegui su libro Los vascos en el Uruguay, en 1942 o 43 (vísperas de la Segunda Guerra Mundial), la inmigración vasca republicana (habían también franquistas) que estaba acá, toma la bandera y se da autobombo.

La gran ventaja que tenían los vascos en esa guerra civil era que si bien el partido nacionalista vasco era de derecha, Franco no les daba autonomía, y entonces éstos, con un gran dolor en el corazón, quedan en el bando republicano. Lo paradójico es que dentro de los republicanos ellos eran contrarios –eran republicanos y católicos. Mientras los anarquistas que integraban este bando, les prendían fuego las Iglesias, aquellos las cuidaban. Entonces, nadie entendía nada. Otra cosa curiosa es que mientras en el resto de la República se estaban dando reformas, colectivizaciones, y todo aquello sostenido por los anarquistas (primero revolución y después la guerra), los otros querían hacer el estatuto de autonomía, sus billetes de banco, etc. Entonces, para todos los que lo veían de acá, tenían todas las credenciales que se les pudiera pedir a un inmigrante: eran republicanos (para nosotros eso era una salvaguarda), democráticos (no eran comunistas ni nada por el estilo) y aparte acá estaba hasta las orejas de vascos, muchos de los cuales todavía estaban en la cresta de la ola porque habían trabajado.

Ese libro de Otaegui reafirma una postura nacionalista, esperando apoyo del resto (que por supuesto lo tenía) de todas las colectividades de vascos latinoamericanas. Es una visión historiográfica porque Otaegui no era historiador. Realzó simplemente el papel de los vascos más relevantes. Por supuesto que hay cosas ciertas. Los inmigrantes de Canarias, por ejemplo, si bien llegaron en mayor cantidad, no traían el know how (conocimiento ovino, de la oveja) que trajeron los vascos. Pero además, estos inmigrantes llegan a un país casi vacío y, por lo tanto, se hace más accesible llegar a los primeros lugares de la sociedad, tanto en el aspecto económico como en el político.

Otra virtud de los vascos inmigrantes era que se asimilaban; no eran el inmigrante típico. Para el siglo XIX, por 1890, el italiano era el "cocoliche" o "la banda de jornalero napolitano"; eso era lo que se decía. Del vasco no podían decir eso porque culturalmente estaban integrados; se integraban fácilmente. La mayoría sabía castellano, por lo menos mínimamente. Es por estos motivos que se dan libros como el de Otaegui. Son el resultado de una época determinada, de un momento determinado.

Porque hay gente que dice: "pobre gente, venían como si fuesen esclavos", haciendo referencia a que venían con contrato de trabajo. Pero se olvidan que muchas veces no le pagaban a nadie. Si yo venía con un contrato de trabajo (porque necesitaba irme del País Vasco y en ese entonces el costo del viaje era caro), tenía que trabajar un año, más o menos, para reintegrar los costos a la persona que me trajo a Uruguay. Venían con trabajo y comida, y eso ya era una gran cosa. Después, si yo no quería trabajar más, me iba ¿quién me iba a encontrar? ¿Adónde me iban a ir a buscar? Nosotros, porque tenemos mentalidad del siglo XXI, pero en esa época no existían la cédula de identidad, mail, teléfono, fax, ni nada. Lo que sí se hacía mucho era el "sistema de majada": el dueño de la majada le pagaba al vasco con comida y la mitad de las crías que tuviera la majada (a veces más y otras menos). Trabajaban entonces con ese acicate y entonces, el que más o menos era bueno, cuidaba que las ovejas estuvieran bien para de esta manera acrecentar su capital. Después podía pasar a trabajar como esquilador y tener más ovejas, venderlas, etc. Dependía de cada uno, pero lo importante es que era una forma de integración muy accesible para ellos, ya que la gran mayoría en el País Vasco se dedicaba a esa tarea. Además, para ellos el hecho de tener cinco ovejas era una gran majada, ¡y llegaban a tener cientos!

Si se hacen esas escalas, a los vascos, en general, les iba bien. Pero esto no era por el hecho de ser vascos, sino que les pasaba a casi todos los inmigrantes de esa época. Todos los oriundos del País Vasco, que se puedan encontrar acá, vinieron de la guerra y, por lo tanto, tienen todo el tema político muy incorporado, se aferran a una historia. Hay que tener en cuenta que la colectividad, los que están acá, tienen una visión idealizada del País Vasco, y mucho más aquellos que hace tiempo no van. Ellos siguen pensando en el caserío y demás, que allá casi no existe. La mayoría son nacionalistas y se sienten parte de una historia milenaria. Se creen parte de un eslabón de la cadena. Y más en estos tiempos de globalización, porque todos los momentos en que se los trató de encerrar, ellos, por un hilito, enlazaron con algo idealizado, pero que de última es algo real. El pueblo vasco ha sido un pueblo oprimido. Tiene raíces prehistóricas; es una comunidad que vive desde hace más de ochenta mil años. La antigüedad de su idioma nadie la puede cuestionar tampoco. Otro tema es que esto sea o no tan brillante y asombroso como ellos piensan que es. Para ellos, todo esto es un legado cultural que han atesorado por generaciones enteras.

Engels, en 1851 dijo (si no me equivoco) que el pueblo vasco es un pueblo en extinción. Pero esa visión de Engels era sostenida por muchos a mediados del siglo XIX. Se pensaba que la modernización era la eliminación de las culturas particulares, de todo lo que significaba "atraso". Entonces, más que nada los que llegaron después de la Guerra Civil Española, tienen la sensación de haberse salvado, de haber rescatado esa parte milenaria de la cultura, de haber escapado de esa opresión franquista que no los dejaba hablar su idioma, llevar los colores de su bandera ni practicar sus costumbres.

Entrevistador/a: ¿Cuál sería en su opinión el legado vasco a esta sociedad?
Juan C: Con respecto a lo que traen los vascos, en lo cultural, yo he visto pocas cosas. Creo que el aporte de ellos viene por otro lado. La inmigración vasca trae el know how, y esto es cultura también. Traen, por ejemplo, mucho conocimiento en la explotación del lanar. Eso era fundamental, tanto para el país como para ellos. Conocían la oveja, y además, estaban en condiciones óptimas para explotarlas. El País Vasco en sí es muy montañoso y ellos están acostumbrados a otra clase de esfuerzo para trabajar: tienen que subir y bajar vacas y ovejas por los Pirineos. Venir, entonces, desde un territorio con esas características a una llanura y pradera, para ellos fue muy fácil. Fue muy fácil integrarse. La otra característica que tiene la inmigración del siglo XIX es que se integra a nivel nacional. Mientras otras colectividades, como la italiana, se integra y se centra en las ciudades, en las zonas de chacras y granjas, con los vascos no sucede lo mismo. Los vascos no sólo se centran en una sola área [sino también que] la inmigración es más bien homogénea.

Creo, entonces, que como la sociedad del siglo XIX estaba tan impregnada de lo vasco, en la actualidad, no podemos identificar y diferenciar lo vasco del resto. Se puede decir que tienen una "cultura del trabajo", de personas que vienen de zonas rurales. En el medio rural, siempre hay algo para hacer. Esta gente [los vascos] que venía de una cultura rural, autosuficiente, en el caserío tenía que hacer de todo porque no tenían mucha opción, ya que eran muy humildes. Tenían que hacer sus muebles, tejidos, etc. Además el trabajo era duro a causa de las inclemencias climáticas. No tenían otra chance. Esta "cultura del trabajo" y del "multioficio" la traen a Uruguay y les permite desarrollarse. Para nosotros, que vivimos en llanura, es muy difícil ver una casa encima de alguna elevación. Ellos tienen la manía de subir: cuánto más alto para vivir, mejor. Tienen, entonces, ese tipo de hábitat, que los ha marcado. Hoy, el 1%, más o menos, vive en caserío o trabaja en los medios agropecuarios; son sus raíces y las mantienen y valoran. Yo creo que esa "cultura del trabajo" es importantísima. Es algo difícil de ver y de aprehender. Es como un cuento de la frontera que un amigo me relataba una vez: un día ven pasar a un vasco por la frontera con una carretilla vacía, y al otro día igual, y al otro también. La gente que lo veía no entendía por qué llevaba la carretilla vacía... Lo que en realidad no sabían ellos es que este vasco ¡estaba construyendo carretillas! Con esto quiero decir que se puede ver lo obvio, que son las carretillas, pero no se ve lo otro. Los vascos traen, a mi entender, un aporte que está en esa visión del esfuerzo (hay que tener en cuenta que trabajaban con la piedra), la visión rural de empresa, de micro empresa.

Entrevistador/a: ¿Y en la gastronomía, por ejemplo?
Juan C: Por el lado gastronómico es difícil. A ellos les gusta todos los productos marítimos: mariscos, cigala, anguila, y otros bichos con muchas antenas. Es una comida típica de zonas que rodean el mar cantábrico, una cocina en base a pescados. Cuando vinieron, los que querían comer pescado, comían, porque la comida acá era más o menos la misma. Pero, por ejemplo, el que estaba en Sarandí, ¿cómo hacía para conseguir los pescados? Igual, ellos se las arreglaban para abrir pescaderías. Hoy en día todavía la conservan. Allá, por ejemplo, cuando uno va a un bar y le ofrecen el plato del día o el menú, siempre lleva algo con pescado. Es raro que el postre no lo lleve [risas]. Tal vez sea por un tema económico, pero ellos son una cultura de "culto a la gastronomía" que es mucho más importante que para nosotros. Por lo menos ahora. Obvio que también hay que tener en cuenta el tema del dinero. Si uno escucha un oriundo del País Vasco, uno de los primeros temas de los que habla es de gastronomía. En comidas específicas, no hay mucha diferencia.

Yo tengo una hipótesis que todavía no he podido comprobar. Creo que el gran aporte de los vascos es un aporte que ellos no tenían intención de hacer, pero que se dio. Creo que fueron una especie de "engrudo". En el siglo XIX, donde la impronta migratoria fue clave, Montevideo era una Babel. Había inmigración italiana, matriz criolla, vascos, canarios, gallegos, etc. Es en estas condiciones que se encontraba Montevideo en esa época, sobre lo cual la sociedad presionaba, porque algunos grupos migratorios traían determinadas cosas que acá no existían. Todo era muy reciente: éramos una ciudad que en ocho años había duplicado su población. Cambia mucho, entonces, la convivencia entre la gente. Imaginen que el barrio de ustedes en muy poco tiempo se llena de coreanos, ¿cómo nos integramos entonces con esos coreanos? Algunos podían pero lo que sucedía era que cuando los grupos de inmigrantes eran numerosos, la endogamia (en todos los aspectos de la vida) era más fácil. Creo que ese Montevideo, que cambia tan bruscamente entre los años 1860 a 1870 principalmente, creaba tensiones sociales, tensiones en la vida cotidiana. Rodríguez Villamil estudia las tensiones en la sociedad montevideana desde 1850 al 900 y habla de las tensiones entre inmigrantes y criollos. Es un libro muy interesante de leer porque justamente explica esta situación. Yo creo que los que unían, como "engrudo", las dos posiciones de las que habla Villamil (a los criollos y a los otros inmigrantes) eran justamente los vascos. Esto era porque tenían, de unos, el lenguaje y la idiosincrasia, y de los otros, la visión del know how, de crear conocimiento. Me da la impresión de que, sin quererlo, los vascos fueron la ligazón, enlace o eslabón entre las distintas colectividades de inmigrantes, entre los extremos de las mismas [sic]. Fueron una especie de "engrudo". Habría que ver esto, indagar, por ejemplo, en qué dicen los ingleses de los vascos, los italianos, etc. Habría que verlo, investigar acerca de cómo se ven los unos a los otros. Es un trabajo que exigiría una fuente documental impresionante. Con respecto al aporte vasco en el lenguaje, hay algunas palabras como cucha, mamarracho, piltrafa y otras, pero muy puntuales.

Entrevistador/a: ¿Esa tensión de la que habla Villamil puede tener que ver también con el intento hiperintegrador del batllismo?
Juan C: Yo pienso que Batlle no tenía más remedio que, ante este escenario, armar un molde homogéneo. Llámenle a éste uruguayo y pónganle de héroe a Artigas. Un molde único, una bandera, una selección militar, un servicio militar. Acá Batlle tenía que hacer un poco eso de prepo porque, por ejemplo, el calendario que creó Batlle, el calendario de fin de siglo ¿qué feriados tenía? Aparte de los Santos, tenía las fiestas de cada comunidad. Por ejemplo, el 20 de septiembre Día de la Unidad Italiana; el 14 de junio, Día de Francia, y así un montón más. El batllismo, entonces, no trataba de homogeneizar sino de integrar. Porque Batlle integraba a los inmigrantes y les daba un "barniz" de uruguayo, pero nada más.

El modelo de Batlle era Suiza; él quería un país con granjas por todos lados, treinta millones de habitantes en 1915, etc. Ahora, por supuesto, para todo esto quería, en primer lugar, que todos hablasen castellano y que al ver la bandera uruguaya la reconocieran como propia. Los batllistas pensaban, con cierta soberbia, que lo que caracterizaba a los uruguayos de esa época era que tenían una organización mucho más avanzada [que el resto] para ese tiempo. Realmente creían que el Estado uruguayo, como organización, era de un nivel superior que el de los europeos. El perfil social de todos era ser europeos y se combinaban todos, en un mismo lugar. Este estadio superior desde el punto de vista cultural tiene que ver con que eran republicanos, mientras ellos, en su país de origen, todavía estaban discutiendo si querían tener un rey o no. Esa discusión, acá, ya estaba superada; no teníamos ese problema. Y Batlle, que era particularmente modesto, pensaba que nosotros todavía nos habíamos anticipado porque todos los problemas sociales que tenía Europa acá ya los conocíamos por las noticias que llegaban de allá y sabíamos cómo solucionarlos también; hacíamos la jugada antes. Y es así que antes de que viniera la huelga, dio la Ley de Ocho Horas, y diversas leyes sociales que amparaban al obrero. Entonces, en la óptica batllista (no de Batlle solamente sino de los batllistas en general), entraba perfectamente el inmigrante.

En este sentido, el Partido Colorado siempre fue universalista. El tema de la homogeneización era muy relativo, era sólo un "barniz". Por ejemplo, a Batlle nunca se le ocurrió cerrar las fronteras y bloquear el pasaje de inmigrantes. El otro día leí un libro de Teresa Porzekanski, La historia empieza acá. Trataba sobre la inmigración judía. Cuenta que un señor, en la década del 20, va vendiendo puerta por puerta artículos de mercería, y entonces, vendiendo por Montevideo, golpea una puerta y sale un señor. Le explica lo que vende y éste llama a su hija para que vea la mercadería. En eso, el vendedor se da cuenta de que el señor que tenía enfrente era Batlle y le dice: "discúlpeme, señor presidente". Batlle le responde: "no se preocupe, acá soy un ciudadano común y afuera soy el presidente". Batlle, entonces, lo invita a pasar a su casa a tomar un té y aprovecha para preguntarle sobre Europa. En el libro se cuenta, entonces, que ese judío inmigrante y vendedor se convirtió, una vez que salió de esa casa, en batllista y después en uruguayo. Yo creo que Batlle estaba un paso adelante que el resto. Y digo Batlle porque el batllismo se crea después.

Como conclusión puedo decir, entonces, que es difícil observar rasgos culturales únicos de los vascos, porque están y estuvieron muy presentes en nuestra sociedad. Lo que yo noté distinto entre vascos y uruguayos es que, en general, ellos son de hablar menos que nosotros. Siempre dicen, y con mucha razón: "hablamos poco pero hacemos mucho". Eso es importante.

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