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Juan Sarazola

 
       Juan Sarazola integra actualmente la directiva del centro vasco Euskal Herria. 

Entrevistador/a: ¿Cuánto tiempo hace que está en Uruguay?
Juan: Yo vine al Río de la Plata en el año 1959. Llevo ya cuarenta y siete años. Pisé tierra uruguaya por primera vez el 23 de setiembre de 1959, en una escala que hizo el barco, antes de desembarcar en Buenos Aires. En esa época se venía en barco; el avión, por supuesto que existía, pero era bastante costoso. Crucé el Atlántico cinco o seis veces en barco, y luego en avión muchas veces más. Conocí Uruguay en 1960, año en que empecé a venir a Montevideo de vez en cuando, pero me radiqué definitivamente el 10 de Marzo de 1964. Soy ciudadano legal uruguayo y, por lo tanto, votante.

Entrevistador/a: ¿Cuál fue el motivo por el que se instaló aquí?
Juan: Cuando vine al Río de la Plata estaba cursando la carrera sacerdotal, y se me dio la oportunidad de terminarla en Argentina. Después sucedió todo lo que sucedió en Argentina y en Uruguay. Me recibí a fines de los 60 y vine a Montevideo como administrador de la parroquia del Cerrito de la Victoria. A pedido de los laicos y vecinos del barrio fui designado párroco. Tenía treinta y algo de años. Y en octubre del 71 me retiré de la actividad sacerdotal. Luego me casé, me descasé, y tengo ahora dos hijas y una hermosa nieta.

Entrevistador/a: ¿Cuándo vino a nuestro país tenía ya algún contacto?
Juan: El contacto natural de mis colegas, que tanto en Argentina como acá eran literalmente vascos. Eso sí, cuando llegué al Cerrito, en mi condición de administrador, los componentes de la comunidad me doblaban en edad; yo era el niño de la casa.

Entrevistador/a: ¿Tiene usted conocimiento de alguna política por parte del Estado uruguayo, que haya tenido lugar en el pasado promoviendo la inserción de los vascos?
Juan: No sé si en términos oficiales, pero, por ejemplo, para la creación de Conaprole en Florida y en San José hubo muchísimos vascos. Existieron algunas personas influyentes vinculadas al Ministerio de Agricultura o Ministerio de Industria, que trajeron campesinos, labradores y trabajadores de la tierra, que se involucraron luego con Conaprole. Aunque es muy fuerte en San José y Florida, el fenómeno de los apellidos vascos se da en general en todo el país, porque en todos los departamentos, incluso en Montevideo, hay un altísimo porcentaje de apellidos vascos (demás de los que son personajes de la historia, en la política del país, sobre todo). En Montevideo hay un montón de calles con apellidos vascos, desde la plaza Zabala, pasando por Baraibar, Alzaibar, etc. No sé hasta qué punto fue oficial u oficioso, pero hubo alguien que procuró traerlos. Aparte, y naturalmente, ya desde el origen del país estuvieron los marinos vascos que tanto tuvieron que ver con la conquista del territorio. Se habían involucrado tanto que ellos mismos empezaron a poblar nuestra tierra. Yo creo que en Uruguay, aunque alguno pueda decir lo contrario, no fueron los canarios los que fundaron Montevideo. Antes de que llegaran ellos estaban aquellos marinos audaces que tuvieron el coraje de embarcarse; marinos, y además consultores de varios de los vascos de aquella época.

Entrevistador/a: Actualmente, ¿mantiene algún contacto con el País Vasco?
Juan: Sí, viajo todas las veces que puedo. La última vez que viajé, lo hice en el año 2001 y justo coincidió con todo lo de las Torres Gemelas en Estado Unidos; lo vi todo desde mi pueblo. Años atrás, la vía de comunicación era la carta, después el teléfono de vez en cuando, pero ahora nos llamamos cada diez o quince días. Hay una comunicación telefónica permanente, en la que estamos al tanto de todo lo que pasa allí.

Entrevistador/a: ¿Es usted socio de Euskal Herria? ¿Desde cuándo?
Juan: Sí, en junio cumplí veinte años de socio. Desde que me integré acá a la Euskal etxea, casa vasca o centro vasco, he estado involucrado con todas las actividades. Empecé por integrar la Comisión de Cultura y Fiestas, luego el Consejo Directivo desde el año 1992 hasta la fecha. Actualmente soy el vicepresidente de la institución. Si bien hubo un período [en] que no estuve en las listas, siempre trato de mantenerme en actividad. Aparte de esto, he tomado parte en la enseñanza del euskera; ya desde el año 90 y pico, y por varios períodos, he dado clases de idioma. También he tratado de difundir la cultura vasca y he sido creador de algunas pequeñas obras de teatro para niños. Creo que Euskal Herria es uno de los pocos centros vascos en el mundo que ha llevado a cabo esta tarea. Esto me ha brindado la posibilidad de crear. Yo aquí he aprendido más euskera de lo que sabía antes. Mis mejores profesores han sido mis padres. Recuerdo muchas expresiones y formas de decir las cosas, que se las debo a ellos, a mis tíos y abuelos. Luego, a través de la fuerte base gramatical, que me la ha brindado el hecho de cursar mi carrera en latín. He podido cultivar mi propio idioma, y además, tener el coraje de transmitirlo. Para mí, esto es una grandísima satisfacción.

Entrevistador/a: ¿Cómo se llega a ser socio del centro?
Juan: Se puede ser socio activo o colaborador. Socio activo es todo aquel con ascendencia vasca, pero todo uruguayo puede ser socio de Euskal Herria, aunque sea de ascendencia griega, libanesa o cualquier otra. Claro está que ser socio de uno u otro tipo trae aparejado distintas obligaciones y derechos.

Entrevistador/a: ¿Realizan actividades conjuntas con otros centros?
Juan: Sí, cada vez que organizamos algo invitamos a todos los centros vascos del país. Mantenemos relaciones y nos sumamos a diversas actividades. Hay vascos en toda América: Estados Unidos, Canadá, Chile, Venezuela, Argentina, Perú, Uruguay y Brasil, entre otros. Hubo una época en la que participamos en el Torneo Internacional de Mus, que es un juego de naipes; el truco se le parece bastante. Viajé con una delegación de Uruguay a San Francisco y participé en el torneo eliminatorio.

Entrevistador/a: ¿Usted mantienen relación con los centros vascos del Interior del país?
Juan: Los centros vascos del Interior del país son muy posteriores a Euskal Herria, que tiene noventa y dos o noventa y tres años de vida, donde hay toda una historia, toda una tradición. No podemos decir que los restantes centros estén viviendo un momento muy floreciente, porque están bajo los efectos de una situación que si para nosotros es grave, mucho más grave es para ellos. Si esa cadena natural que se crea (cuando hay una inmigración fuerte, y las primeras generaciones mantienen el espíritu y el sentimiento) nos está fallando acá en Montevideo, cuánto más ocurre en los departamentos del Interior. Porque si nos quedamos con el sentimiento, es sólo eso. Ahora, si a la vez de [transmitir] sentimiento nuestros antecesores hubieran tenido capacidad de transmitir cultura, ahí la cosa sería otra. La comunidad se está resintiendo, como la mayoría de las colectividades del país: los armenios, los gallegos, los griegos, los turcos, los libaneses. Por lo general, los domingos escucho audiciones de todas las colectividades, y todos son grupitos chicos, no son lo que eran hace treinta, cuarenta o cincuenta años atrás. Yo soy uno de los pocos bichos raros que quedan, uno de los pocos de la colectividad que habla fluidamente el euskera.

Entrevistador/a: La colectividad, en general, ¿recibe apoyo del Gobierno vasco?
Juan: Hay subvención, sí. Josu Legarreta es el delegado del Gobierno vasco para las comunidades de la diáspora. En el caso de Euskal Herria, esto tiene sus ventajas y desventajas. Como ventaja o punto a favor: cuando la colectividad vasca aquí en Montevideo era mucho más fuerte de lo que es actualmente, fue capaz de crear una estructura material y una estructura también de cultura, teniendo una trascendencia muy importante socialmente. Eran muchos y pesaban, incluso dentro de la sociedad uruguaya. Ni hablar de hacer las cosas que en esa época se hacían, por distintas circunstancias. Cuando recibíamos visitas de personalidades del Gobierno vasco, por ejemplo, se armaban contactos con la Presidencia de la República, la Cámara de Representantes, con el Senado, el Poder Judicial, etc. En la actualidad, hay muchos políticos que están "acomplejeados" por cuestiones meramente políticas, por malas influencias de la Embajada española. Hoy, no nos manejamos a nivel social ni en el grado ni en la importancia con la que nos manejábamos, por ejemplo, en los años 40. Después de la Guerra Civil Española, José Antonio Aguirre, que fue el primer presidente autonómico, tuvo que fugarse del régimen de Franco. Fue a Brasil con el nombre de Dr. Álvarez, y acá el Parlamento uruguayo lo rebautizó, es decir, dio a conocer su verdadero nombre: José Antonio Aguirre.

En aquellos tiempos la Facultad de Humanidades daba cátedra de euskera; eso se perdió por mucho tiempo. Ahora se ha vuelto nuevamente a dictar clases en esa institución, a través de un convenio entre el Gobierno vasco y el Ministerio de Cultura. Muchas cosas se han perdido: en aquella época, se daban conferencias de gran importancia, había una gran respuesta a nivel de la Universidad, por ejemplo. A pesar de todo, en estos últimos años hemos registrado festivales de música. El 8 de Diciembre, por ejemplo, se presentó el Ballet Vasco en la Sala Zitarrosa. Ese tipo de actividad cultural se hace, y en oportunidades hemos llenado la sala. De todas formas, son tiempos diferentes, en aquellos años la cosa era mucho más continua.

Entrevistador/a: ¿Cómo es la relación con la Embajada de España?
Juan: Nosotros institucionalmente no tenemos ninguna relación con ella. Somos una entidad con personería jurídica, dependemos de nosotros mismos, nos relacionamos con nuestros semejantes y con aquellos organismos que naturalmente tienen que ver con nuestra actividad existencial, histórica y cultural, sobre todo. A nivel del Gobierno uruguayo, creo que somos bienvenidos. En una actividad que realizamos acá con motivo de uno de los aniversarios de la institución, por ejemplo, hicimos un acto en la plaza Zabala. La Embajada española, bajo la inequidad de un embajador para nada simpatizante de los vascos, había querido impedirlo, pero igualmente lo hicimos. Estaban presentes un diputado blanco y el presidente de la Junta Departamental de Montevideo, que en aquel tiempo nos dio el visto bueno para que lo pudiéramos hacer.

Entrevistador/a: ¿Cómo cree usted que ha sido la inserción de los vascos aquí en la sociedad uruguaya?
Juan: Para mí, de película. Noto, por ejemplo, una diferencia en relación con como lo viven otras comunidades. En los cuarenta y siete años que llevo aquí, y por distintas razones, me he contactado con gente de todas las colectividades: libaneses, griegos, armenios, catalanes, gallegos, valencianos, polacos, checos. Muchos encuentran que las cosas eran muy distintas en sus pueblos [con relación] a lo que eran aquí en Uruguay, y eso entre los vascos que yo conocí, no existe. Creo que ha habido una grandísima y natural integración, y eso es por el sentido de libertad que tenemos nosotros. La libertad de uno significa respeto hacia los demás. Cuando llegué a Buenos Aires traté de asimilar las expresiones, el tono. Y no por novelería, sino con el ánimo de integrarme. Acá en Uruguay, lo mismo, hay cosas que todavía me cuesta mucho decir, por ejemplo: uruguayo. Estando en Argentina me decían: "tú no sos argentino, debes ser español". No, yo no soy español, soy vasco, y eso lo confieso allí y donde quiera que sea. La asimilación del idioma se da de forma lenta, pero siempre tuve la voluntad de hacerlo. Eso sí, hablando en euskera lo hago a la par de mis hermanos, amigos y conocidos, y a veces hasta mejor que ellos porque me he preocupado por cultivar el idioma.

Entrevistador/a: ¿Cuál cree que es hoy en día la percepción que se tiene de lo vasco?
Juan: El conocimiento es bastante superficial. Hay determinados sectores que se han preocupado a raíz de determinados acontecimientos en profundizar en el tema. Muchas veces nos valoran desde una perspectiva muy importante, como lo es el principio de libertad, el derecho de los pueblos a autodeterminarse, etc. Luego, cuando se analizan determinadas cosas, lo hacen desde la perspectiva latinoamericana, rioplantense, y no lo analizan como lo hago yo, que conozco lo que pasa allí, lo mamé. Hasta los veintitrés años viví allí y mantengo una comunicación permanente, entonces, la valoración que yo puedo hacer; no va a ser la misma que la que puede llegar  a hacer el zurdo más zurdo. Predomina mucho el sentimiento, el valor de las libertades de los pueblos. Ahora, el asunto empieza a declinar cuando analizamos los métodos que los pueblos utilizan para liberarse. Lo que históricamente se reconocía, hoy no se hace. Un levantamiento hace cien años parecía bien [sic], pero ahora parece que no, que no se puede, porque están en democracia. ¿De qué democracia me hablan en el Estado español, si nos siguen apretando como en la época de Franco? A nosotros nos tienen en la mira y punto, y bajo este régimen y esta Constitución española, esto no va a cambiar. Con el tema del territorio español, no somos los únicos, pero tal vez seamos los primeros en reclamar. Mientras estén con la idea fija, seguiremos discutiendo hasta el fin de los siglos. Pero lo vamos a lograr.

Entrevistador/a: ¿Qué hay de cierto en aquello del "vasco tozudo"?
Juan: Hay un poco de folklore en eso. Gallegos y vascos somos emprendedores, constantes y vamos contra viento y marea. Si eso es tozudez, ¡bienvenida sea! Creo que somos tozudos, pero respetuosos de los demás pueblos. Yo con un gallego no me voy a pelear por el simple hecho de que sea gallego, y lo mismo ocurre con un catalán, un valenciano, un palestino o un irlandés; podré pelearme por otras cosas, pero no por eso.

Entrevistador/a: ¿Qué queda hoy de la idea del vasco como una persona "respetuosa de su palabra"?
Juan: Eso es algo que nos han enseñado a nosotros en nuestras generaciones, y creo que todavía se mantiene, aunque las circunstancias no son las mismas. Ahora todo está globalizado, cada vez hay más extranjeros y no lo digo en términos despectivos, sino que es un hecho. Más allá de los muchísimos de ellos que se radican y se integran, hay otros que no: están para molestar y nada más. En la casa donde me crié, en el piso superior al nuestro, vivía una familia en la que el padre era árabe, y la madre Navarra; ella sabía castellano y entendía algo de vasco; el árabe les transmitió a sus hijos su idioma y también inglés, castellano, y en la calle los niños aprendieron el euskera. Entonces, teniendo voluntad de integrarse, y [de] respetar el lugar donde tú vas, todo está bien. El que es racional y respetuoso merece ser escuchado, atendido y ayudado. A nosotros, mientras nos respeten, somos respetuosos, pero no nos gusta que nos vengan a atropellar.

Entrevistador/a: ¿Qué significa para usted el euskera?
Juan: Para mí es un toque de gran capacidad del pueblo como pueblo, porque por Europa han pasado muchos pueblos. Cuando una comunidad deja de hablar su idioma, se entremezcla con todo lo demás. Nosotros, afortunadamente por nuestra manera de ser, a pesar de ser tan chicos tanto territorialmente como en número de habitantes, hemos tenido la capacidad de mantener y cultivar nuestro idioma, a pesar de que en la época en que yo era niño y adolescente estaba prohibida la enseñanza del euskera. Cuando vine a América, aprendí más de lo que sabía antes. Si bien tenía la base, el espíritu, y la ambición logré ampliar mis conocimientos, transmitirlo y tener el coraje de dar clases. Además, algún tiempo, inclusive tuve a mi cargo la conducción de un programa de radio, cuando integraba la Comisión de Cultura.

Entrevistador/a: ¿El ser vasco, está entonces definido de alguna manera por el idioma?
Juan: Por supuesto. Además, el idioma arrastra a toda la cultura. Ese espíritu arrastra las tradiciones y no estoy hablando en términos folklóricos, sino de la tradición como intérprete de la realidad cultural y social de nuestros mayores: la vida en el pueblo. Lo tomo como un elemento cultural que me permite introspectar [sic] como eran. Muchos de los bailes y deportes rurales están inspirados en la tarea del campo, y todo eso tiene que ver con la forma en cómo se divertían mis padres y abuelos. Mi padre, que si viviera el día de hoy tendría ciento diez años, en su época tenía sus bailes e iba a un frontón de pelota y los domingos jugaba a los bolos o participaba en campeonatos haciendo demostraciones de fuerza con sus amigos.

Entrevistador/a: Estos deportes ¿se mantienen hasta nuestros días en Uruguay?
Juan: Aquí, en Uruguay, hay una de las cosas más lindas: los frontones de pelota. Pero es una pena que algunas cosas estén quedando en el olvido, por ejemplo, la pelota de mano. Durante muchos años, ésta fue la número uno de las formas de jugar a la pelota. Hoy, sólo se practica en Mercedes. Pero frontones hay en todos lados, y se juega a la pelota. Aquí, en Euskal Herria, se puede escuchar el ruido de la pelota toda la tarde. Hay muchos más frontones de los que se imaginan; en Montevideo hay unos cuantos.

Entrevistador/a: ¿Sabe usted si Uruguay ha obtenido títulos a nivel mundial en el juego de pelota vasca?
Juan: Sí, tanto a nivel de paleta, como en sus otras variantes. Algunos de los pelotaris con más larga tradición son Andruco, Iraldi y Bernal, entre otros.

Entrevistador/a: ¿Qué puede decirnos de la Heráldica?
Juan: Mayoritariamente los apellidos vascos son toponímicos o patronímicos. Los míos son toponímicos: hacen referencia al lugar, describen un lugar determinado, ya sea la casa [de] donde vivieron los ancestros de una persona o el terreno donde se instalaron. Por ejemplo, Goycoechea es la casa de arriba, Bengoechea es la casa de abajo, Iriarte significa cercano a la ciudad, etc. Los patronímicos son aquellos que toman como referencia un nombre propio o simplemente un nombre, por ejemplo, Perurena significa casa de Pedro o de la familia de Pedro. De la misma manera, Martirena significa la casa de Martín o de la familia de Martín. Sarazola viene de saraz, que significa sauce, y [de] ola, que significa madera; por lo tanto, vendría a ser casa hecha con madera de sauce. Arbildi que es el apellido de mi madre; viene de arbela, que significa pizarra. Y casualmente donde yo nací y me crié había una fábrica de pizarras.

Entrevistador/a: En distintos materiales a los que hemos accedido se sostiene que la comunidad vasca profesa la religión católica, ¿está usted de acuerdo con dicha afirmación?
Juan: Por lo que yo he podido hablar con mis coterráneos, tanto acá como en Euskal Herria, nos sentimos más cristianos que católicos. Nosotros nos aliamos con la democracia. El gobierno constitucional en España era un gobierno democrático, había sido electo. El Gobierno Vasco, con José Antonio Aguirre a la cabeza, se puso en pro de la República. Sin embargo, el franquismo dijo que nos aliábamos con el comunismo. No es cierto, nosotros nos aliamos con la democracia. El principio de nuestra posición es el derecho de la ley natural que dice: "a cada cuál lo suyo" y "si sos humano, tenés que compartir".

Entrevistador/a: ¿Cómo se complementan la práctica de la religión y las costumbres más paganas como los festejos de San Juan?
Juan: Es algo común entre los pueblos. La religiosidad del pueblo vasco es naturista, lo cual fue un trampolín para trasladar eso a la creencia en un ser único superior. Estas cosas deben complementarse;  todo lo que es natural y legítimo merece ser conservado, forma parte de lo que fuimos, de nuestra historia. Esas cosas merecen ser conservadas.

Entrevistador/a: ¿Qué otras tradiciones observa usted que se sigan manteniendo acá?
Juan: Es un tema muy difícil, porque mientras no existan comunidades vascas bien organizadas y relativamente numerosas mantener todo eso es complicado. Además de jugar pelota, hay cosas que requieren un número grande de gente. Los bailes siguen dándose y bastante. Pero todo esto se da aún mucho más en Argentina. El último encuentro grande fue en Córdoba, donde hay muchísimos centros vascos con larga tradición y eso le da mucha fuerza a las actividades que allí se realizan.

Entrevistador/a: ¿Qué significan para usted los símbolos patrios? ¿Qué siente, por ejemplo, si va caminando por la calle y ve una bandera vasca?
Juan: "Gora Euskadi askatuta", es decir, "viva Euskal Herria libre". Más allá de que sé que una escurriña en un coche es más producto del sentimiento que de la cultura, igualmente siento que es positivo. Y cuando voy con mis amigos o con mis hijas y me dicen: "mirá, una escurriña", es una nota de alegría. Escurriña es como nosotros le decimos a la bandera, al pabellón vasco.

Entrevistador/a: ¿En alguna oportunidad les han negado usar la bandera vasca?
Juan: Aquí en la institución siempre hemos usado la bandera vasca. Asimismo en la fiesta de las colectividades españolas. Bajo la bandera española nunca. Vamos adonde sea con nuestra bandera y si está la bandera española, que vayan españoles; nosotros somos vascos. Acá, en nuestro centro, nunca se va a ver una bandera española: la uruguaya a la derecha, y a su izquierda, la vasca.

Entrevistador/a: ¿Se pude ver algún aporte de la cultura vasca, hoy en día, en la sociedad uruguaya?
Juan: Algo muy general y a la vez muy sustancial para mí es la gran capacidad del pueblo uruguayo para recibir a gente de distintos países, de distintas culturas, y esto se aplica no sólo con los vascos, sino al resto de las colectividades. Siento que ese es el gran valor que Uruguay ha transmitido a todos los pueblos que hemos sido recibidos aquí, y creo que no es poca cosa. La gran apertura para mí es sustancial. Si no fuera así, no me hubiera hecho ciudadano uruguayo (y eso que me costó bastante, fue complicado). Ahora hablo como uruguayo, porque también lo soy, y creo que a veces se usan muy malos criterios para recibir a los inmigrantes. El trámite en sí es bastante pesado. Yo, al principio, había desistido, pero tras un segundo intento lo logré. Fue alrededor del año 69 o 70. Entre que inicié los trámites y me entregaron la credencial cívica transcurrió un período de tres años, y luego de ello, habré hecho uso de la credencial nueve o diez veces. Fueron tres años de constantes visitas a la Embajada, al Consulado, al Ministerio de Cultura, al BPS, fotos, testigos, etc. Y eso que para ese entonces ya estaba establecido y tenía una familia constituida. De todas formas, hoy el trámite se ha simplificado bastante.

Entrevistador/a: ¿Qué significa para usted ser vasco?
Juan: Ser vasco para mí es querer y amar a quienes fueron mis ancestros, es decir, quienes me dieron la vida, la cultura y ese espíritu de libertad que siento. Y cuando hablo de mis ancestros los incluyo a todos, sean o no de mi línea familiar genética; me refiero a todo el pueblo vasco. Me dio uno de los valores más importantes que precisa el ser humano, y eso para mí es el ser libre (en el sentido más amplio de la palabra, para defender los derechos de todos los pueblos). Hay pueblos que tienen una suerte de imperialismo metido en la cabeza, pero se creen los dueños de la Tierra y, sin embargo, no son más que los demás. Todos los seres humanos somos iguales. Es cuando nos creemos superiores que perdemos el derecho a esa igualdad.

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