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Alberto y María

 
  Entrevista a Alberto y María

Entrevistador/a: ¿Cuánto tiempo hace que están acá?
Alberto: [Responde en vasco primero, pero María le dice que nosotras no sabemos euskera]. Hace cuarenta y dos años que estoy aquí.

Entrevistador/a: ¿Y a qué edad llegó?
Alberto: Y... ahora tengo ochenta y cuatro, así que llegué con cuarenta y dos años.
María: Y yo en el 52 llegué, así que hace cincuenta y cinco años que estoy aquí.

Entrevistador/a: ¿Y vinieron solos?
María: No, yo vine casada. Mi marido ya estaba aquí y a los tres años de estar aquí se fue a Euskadi y nos casamos allí y aquí formamos la familia. Tenemos dos hijos: un hijo y una hija, que a su vez ya tienen sus hogares. Y bueno, acordándonos siempre mucho de nuestro país.
Alberto: De Euskadi. Sí, yo también me acuerdo. Yo lo que pasa es que navegaba mucho allá y tocaba bastante frecuentemente mi pueblo. Últimamente estuve en los pozos petrolíferos del Mar del Norte. Y allí siempre he ido bastante frecuentemente. Cuando trabajaba en los [barcos] mercantes, en la pesca de bacalao y tocábamos algún puerto cercano (en España) a mi pueblo, pedía permiso y me iba a visitarlo.
María: Nosotros también hemos ido bastante seguido. Ahora no vamos porque mi marido no está bien y no estamos como para viajar. Pero hemos tenido mucho contacto, y a raíz de que no hemos podido venir han venido mis hermanas tres veces ya. Y hablar, hablamos todos los días o nos comunicamos por Internet. Y recordamos todo: los cuentos de cuando íbamos a los colegios, cuando éramos chiquitos. Hablamos mucho, estamos al corriente.
Alberto: De mis familiares no ha venido ninguno; siempre he tenido que ir yo (porque mi hermano tiene una esposa que le tiene miedo a volar en avión). Hay mucha gente que tiene prevenciones [sic], pero yo no le temo a esas cosas. He pasado mi vida en un barco, en la pesca de bacalao y allí pasaba las de Caín uno, dormía hasta con las ratas.

Entrevistador/a: ¿Dónde?, ¿en el mar?
Alberto: Sí, sí, en la mar...
María: ¿Pero habían ratas en el mar?
Alberto: ¡Qué si habían! ¡Estaba lleno! Por los barcos. Si sabré yo de ratas… Cuando tocábamos puerto, poníamos un pasante para bajar y unas ratas se iban, pero otras entraban. Se cruzaban...
María: ¿Y las veían?
Alberto: Y las veíamos... Y también las veíamos comer. Se metían dentro de las redes. Nosotros comprábamos leche condensada para cortar con el café, y las ratas y los ratones hacían los agujeros para ver qué era; metían el rabo y se lo chupaban, y si no había nada se la comían. Y teníamos una perra allí en el barco. Aquélla era un marinero más porque para largar la red (ya tenían las marcas de tanto calarla) había que arrastrar también; se le ataba un cordón con una campanilla y cuando sonaba, ella ya sabía a cuál rancho tenía que llamar. Entonces salía uno y decía: "venga, mirad hombre, venga" y el perro se ponía en la borda del barco y cuando veían la señal, ayudaba a levantar las redes (cuarenta o cincuenta metros tenían).
María: Pero a esa no le pagaban sueldo ¿no?
Alberto: Tengo muchas anécdotas... Cuando íbamos a buscar el vino a la bodega, se ponía arriba nuestro, y ni bien bajábamos se tiraba al piso a buscar a las ratas.
María: ¿Y sacaba? ¿Pero qué comían los demás?
Alberto: Sacaba sí... En el barco... hacíamos provisión cuando tocábamos puerto: de agua potable, de sal y de carbón. En España, comíamos mucha salchicha, que es muy rica. La comprábamos y la hacíamos en el barco. También mucha chuleta de cerdo. Entonces, si sobraba algo, la poníamos contra la cucheta de cada uno. Y si dejaban una chuleta allí, no lo dejaban dormir a uno las ratas. Una vez recuerdo que se hizo una trampa y se agarró una rata para mostrársela a la perra, y ella enfurecida la destrozaba y la paseaba por todo el barco. Y las veíamos pasar de noche por ahí. Dormíamos en unas literas como cuchetas con una estufa de carbón en el medio. Y cada litera tenía un banco para sentarse y comer. Ahí no había comedor ni nada. Todo lo hacíamos ahí. Y si uno se lastimaba, le hacían cirugía ahí mismo. Y si uno decía que se sentía mal, le tomaban la temperatura con la mano en la frente y le decían: "de temperatura está bien, así que a cubierta a trabajar". Yo tuve una herida en la mano una vez, porque me había lastimado con unos pescados espinosos chiquitos que venían, y tenía el dedo infestado y no podía con la mano, pero me dijeron: "si no puede con esa, use la otra"; bien a lo esclavo... Entre eso y las ratas...   
María: Pero a las ratas no las comían ¿no?
Alberto: No, no. Las tirábamos al mar, pero era como si nada... Polizones...

Entrevistador/a: ¿Pero por qué en algún momento decidieron quedarse acá?
María: Bueno, yo vine directamente. No es que vine y me quedé, sino que yo ya venía para quedarme. Era cuando la guerra y mi marido ya trabajaba aquí. Por eso ya veníamos a quedarnos.
Alberto: Yo me quedé por esas cosas de la vida... Porque estaba cansado ya de la pesca y un primo mío, que era de San Sebastián (porque yo estaba trabajando bien allá en España, podría hacerme [sic] de plata allí) me calentó la cabeza cuando se había abierto el tema de la inmigración y me dijo que nos fuéramos para Australia. Y empezamos los papeles. Pero había muchos requisitos para allá y, entonces, como no pudimos ir allí, nos vinimos para Uruguay, porque había menos. Hicimos las gestiones así nomás y fuimos al consulado uruguayo allá y a través de él nos vinimos para acá. Yo tenía, por práctica social, la electricidad; trabajaba bastante bien en electricidad. Hacía instalaciones y todo. Nunca nadie me había enseñado cómo se hacía ni nada, pero yo improvisaba. Y mi primo, que trabajaba en la CUTCSA, me dijo que en una fábrica de zapatos, que sacaban calzados muy buenos, iban a instalar unas cosas nuevas que necesitaban, y entonces me metió ahí. Y a los tres meses nos sacaban y entraban otros, para no pagar los derechos sociales. Nunca había visto en ningún país eso. Pero son las normas del país.
María: Pero mira que allí –refiriéndose al País Vasco– también ahora...
Alberto: Sí, sí, las cosas han cambiado mucho... Y entonces, terminó eso, como quien dice, y con mi primo, que no tenía oficio ninguno, nos fuimos a la construcción... Allí había dos hermanos gallegos; uno trabajaba y el otro hacía la comida.
María: ¿Pero tú no habías estado aquí también en el mar?
Alberto: Sí, estuve un tiempo. Cuando no había más nada que hacer. Entonces, marino mercante aquí también. Y había un sueco, que era primer oficial en un barco sueco que se quedó aquí, [entonces] nosotros le hacíamos con mi primo la pintura y la limpieza de los barcos también. Y se ganaba muy bien. Me acuerdo que una vez vino un barco inglés (que dejó una maquinaria en Argentina) y quería limpiar la sentina del barco. Se vino para acá porque, al parecer, la limpieza aquí era más barata que en Argentina. ¡Y qué trabajo que pasamos con ese barco! Pasamos un día entero, día y noche, para limpiarlo. Fue en varios días, pero en uno en particular nos pasamos veinticuatro horas trabajando allí. Y ese día, nomás, nos dio […] para vivir todo el mes. En el año 55 o 54 fue eso. Siempre íbamos al puerto a ver si había alguna vacante y no encontrábamos nada. No había trabajo. A mi primo se le ocurrió irnos [sic] para San Pablo gastando lo último que nos quedaba, pero allá tampoco había nada de trabajo y nos vinimos; veinte horas en tren. Y cuando volvimos fuimos al puerto de vuelta y nos salieron algunas plazas. Pero tuve mala suerte: llegando a España, a Canarias y luego a Sevilla, compré unos calzoncillos de color porque no había encontrado blanco; resulta que como en el barco se traspiraba mucho […] los tintes me entraron en el pene y me quemaron todo. Me tuvieron que llevar al hospital. Y me dejaron ahí en Sevilla y se fueron. Y yo otra vez me vine para acá. Y anduve en los mercantes nacionales. Pero era en la época de Pacheco y habían congelado los salarios y aumentado los impuestos. Yo estaba con uno que había sido milico y nos bajo los salarios a la mitad. Y bueno, […] como no se trabajaba mucho nos fuimos a Holanda y a Canadá. Allí nos quedamos pasmados con la educación de la gente. Nos decían: "¿adónde va usted? Yo lo llevo". Pero en aquélla época, a excepción del bacalao y tres o cuatro variedades más de pescado, el resto se tiraba todo. Ese pescado se salaba allí mismo para después venderlo cuando tocábamos puerto. En el barco se elaboraba todo: se clasificaba, se lavaba, se limpiaba y salaba. Y en los diarios de donde desembarcábamos aparecía que la embarcación tal había llegado cargada de oro. Eso lo decían por el pescado. Y nosotros íbamos buscando la plata, pero como esclavos: doce horas de trabajo y doce de descanso. Eso lo hacíamos en dos tiempos: seis de trabajo y seis de descanso en cada uno.
María: ¿Pero les pagaban bien?
Alberto: Sí, porque como estábamos meses y meses acumulábamos plata. Meses y meses en el mar cuarenta o cuarenta y cinco tripulantes... Todos los días teníamos porotos y un litro de vino […] a cada uno. Todos tomábamos porque el invierno es crudo, y más allí. Se llevaba también caña para los días de más frío. Y gritábamos al capitán: "caña, caña", porque estábamos congelados de frío. Teníamos piel de cordero, pero muchas veces estaba húmedo. Y el capitán les decía a los otros: "dale caña a esos salvajes".

Entrevistador/a: ¿Qué cosas ven parecidas entre Uruguay y el País Vasco?
María: Por ejemplo, el paisaje acá en Minas. El paisaje ahí es muy parecido a ciertos lugares nuestros. Y en lo demás, no hay muchas cosas que se asemejen a nuestro país.
Alberto: Yo he ido a Treinta y Tres y a Paysandú, pero no he visto nada... Es como allá, donde estoy viviendo, en Minas de Corrales. Allá no hay más que piedra. Allá [País Vasco] hay muchos olivos, pero aquí nadie se ocupa porque el agrónomo no trabaja nada aquí...
María: Pero ahora se están ocupando aquí de los olivos... Hay muchas plantaciones de olivos y de arándanos. Pero en lo demás, claro, no hay nada. En el campo, el eucalipto.

Entrevistador/a: ¿Y en cuánto a la gente?
María: La gente es distinta. Pero acá la gente es muy acogedora. Yo por lo menos me he sentido muy a gusto, no he extrañado. Bueno, aquí han quedado, por decirlo de alguna manera, las ovejas. Los vascos que vinieron en aquellos tiempos fueron al campo y el campo se desarrolló por las ovejas...
Alberto: Ovejas y ganado...
María: Sí, pero más por las ovejas...
Alberto: Por tanto, se dice: "aclarando dijo el vasco y le echaba agua a la leche". Tamberos, allí en Euskadi también [hay].
María: Esa sería la conexión más visible pero en lo demás no veo nada.
Alberto: Allá, en nuestra juventud, teníamos campos asombrosos y lecherías. La sidra. Porque allá en mi pueblo abría las ventanas y tenía los manzanos. En mi pueblo, había como treinta sidrerías. Había mucha variedad. En mi vida voy a tomar una sidra así. Lo que pasa es que la gente ya no quiere trabajar en el campo. Los caseríos se han despoblado. Están haciendo restaurantes y hoteles. Hace tres años, cuando estuve, quedé asombrado de cómo había cambiado el pueblo: lleno de polígonos industriales que están destrozando toda la vascongada.
María: Bueno, pero también son otros tiempos... Porque tampoco se puede estancar todo.
Alberto: Sí, sí, pero tan lucrativo tampoco se puede ser…
María: Sí, pero Euskadi económicamente es uno de los lugares más altos. Lo que pasa es que hay que optar por una cosa o por la otra. Es muy bonito, la tradición y todo eso, pero...
Alberto: Sí, la tecnología está muy avanzada en estos días allá.

Entrevistador/a: ¿Ustedes pueden practicar las tradiciones vascas acá o directamente no las mantienen?
María: [Están] los centros vascos, pero tampoco tienen mucha vida. La comunidad hoy acá está bastante dividida.
Alberto: Está toda desperdigada. No es como los gallegos; vascos hay muy pocos. Y los centros, por ejemplo, para jugar frontón piden muchos requisitos.
María: Lo que pasa es que es bastante lucrativo. Todo eso se ha desvirtuado. Hay centros que lucran, pero no organizan nada. El Euskaro-español ya ha cerrado prácticamente, y en Haize Hegoa tratan de levantar un poco la cosa, pero tampoco el gobierno vasco los ayuda...

Entrevistador/a: ¿Pero no ayuda tampoco a otros centros, como Euskal Herría, por ejemplo?
María: Subvención, tienen todos un poco, pero hay discriminaciones, bastante acentuadas, además. Porque los centros tienen que ser apolíticos, pero el que tiene la plata es el Partido Nacionalista Vasco y se supone que Euskal Herria está subvencionado por éste.
Alberto: Yo también estuve en el Partido Socialista para ver si me daban asistencia médica, porque en un diario español se decía que todo español residente en el extranjero tiene derecho a asistencia. Y yo lo planteé en Soriano y me dijeron que no tenían conocimiento de nada. Por eso están perdiendo socios. Y después de tanto tiempo, eso no me llega. Yo le dije a la chica que me atendió: "aquí lo único que tenemos es a nuestros antecesores, porque yo he trabajado como un perro allá en España y no percibo nada". Lo que a mí me ha costado España es sólo sangre, sudor y lágrimas, nada más. A mi padre me lo mataron allí, durante la guerra. Analizando mi vida, la vida que he hecho yo trabajando como un esclavo (incluso teniendo [sic] un accidente y una enfermedad) [no he tenido] ni médico, ni hospitales, ni nada. Todo me lo hacía en casa. Entonces, ¿qué me ha dado a mí España? Nada.
María: Dan ayuda para los muy necesitados, pero ¿quién mide esas necesidades?
Alberto: Yo estoy en una casa que no tiene ni para comer. No tiene subvención ninguna. Están recurriendo a un montón de lados y nadie les da nada.
María: ¿Pero son uruguayos?
Alberto: Son uruguayos sí.
María: ¿Y tampoco tienen aquí ninguna protección?
Alberto: Nada. Y una casa que tienen del Banco Hipotecario se le está cayendo el cielorraso. Cuando yo vengo de Rivera, allá donde vivo yo les traigo dos mil o tres mil o lo que tenga y me voy sin nada, porque ellos necesitan. Siempre que vengo me reciben aquí en Montevideo. El otro día abrí la heladera y estaba vacía. Y les compré lo más necesario, al menos.
María: ¿Pero alguna entrada tendrán? Porque por lo menos pan tendrán que comer...
Alberto: De una pensión. Yo les ayudo en lo que pueda, pero tampoco tengo. Yo tengo un nietito, al que crié. La madre quería tener familia, y al año se le manifestó un cáncer y la pobre, con veintitrés años murió. Y dejó a esa criatura. Yo trato de ayudarlo. Yo soy soltero, solo. No requiero mucho para mí y la plata que gano se la mando a España (está en Mallorca, en las Islas Baleares). Pero yo ya tengo ochenta y cinco años...

Entrevistador/a: ¿Usted vive mejor acá o allá en España?
Alberto: No, la vida en España es mucho mejor. Mi hermano, la última vez me dijo: "bueno, pero decídete, porque te vas, te quedas, te vas y te quedas. Si te vas, no vuelvas más". Porque él quería que me quedara allá en España con él.
María: ¿Pero tu hermano qué tiene?, ¿un caserío allá?
Alberto: No, no [y mantienen con María una conversación en vasco].
María: Porque allí, en los caseríos, cuando hay chicos soleros mayores […] [se dice que] "levan la teja", es decir, la casa. Significa que tienen siempre el derecho a volver, a acogerlos en la casa. Por eso le decía si tenía caserío, campo.
Alberto: No, él vive en la calle, en la ciudad.

Entrevistador/a: ¿Y usted María?
María: No, yo tampoco. Pero mis antepasados sí tenían. Mi madre vivía en esa casa [nos enseña un cuadro que ocupa buena parte de la pared en el que aparece una fotografía tomada hace tiempo] y mi marido, en aquella casa que está en el cuadro [señala en el cuadro]. La casa esa está ahora renovada; allí está la fotografía [muestra otro cuadro donde aparece el caserío restaurado). Pero yo nací en la ciudad.
Alberto: Nosotros también. Cinco, seis hermanos.

Entrevistador/a: Y cuándo llegaron ¿qué impresión les causó Uruguay?
María: Yo me adapté enseguida. Yo soy medio gitana y me adapto a cualquier parte. Pero entonces era distinto, porque todavía la emigración era de la guerra, de la posguerra. Llegamos en una época donde había mucho vasco y, entonces, sí tenían vida los centros vascos. El Euskal Herría era otra cosa. Hacíamos fiestas… Pero luego se fue yendo la gente y los que quedamos, pues, nos dispersamos.

Entrevistador/a: ¿Por qué se dispersaron?
María: No lo sé. Por diferencias graves, no creo. Lo que pasa es que todos nos hemos ido haciendo mayores, y luego [están] los hijos, que han buscado otros horizontes (aunque nuestra hija se integró mucho y su hijo también, pero ya no están para seguir esas tradiciones). Y eso ha pasado en otras familias también.

Entrevistador/a: ¿Y han conservado sus costumbres, sus comidas?
María: Sí, por supuesto. Uno no corta nunca el cordón umbilical. Eso yo no lo he extrañado. Es más, yo no me iría a vivir allí. Siempre que he ido de paseo, por ejemplo, mis hermanos me decían: "¿pero por qué no quedaos aquí a vivir?". De ninguna manera. Yo voy y paso tres meses allí y vengo rendida. Tienen una vida tan acelerada. Siempre hay que ir a cenar afuera y a pasear y vacaciones... Siempre están en movimiento. Yo no estoy acostumbrada a eso. Aunque siempre he sido muy solitaria, no he necesitado rodearme de gente. Yo tengo una hermana que no puede estar ni dos minutos sola. Yo no.
Alberto: A mí también de chico me gustaba estar solo. Me iba a un monte o algún lugar donde no me molestaran.

Entrevistador/a: ¿Y preparan los platos típicos de allá?
María: Sí, seguimos más o menos los menús de allí: pescado... (no somos muy carnívoros nosotros).
Alberto: No, somos más del pescado.

Entrevistador/a: ¿Y qué comidas preparan?
María: Mucha ensalada también. El otro día comimos patatas a la riojana, que es papa con chorizo. Paellas, cocochas, que es el cogote de la merluza, bacalao al pil-pil...
Alberto: Sí, el bacalao al pil-pil es muy rico. Pero cocochas, las de la merluza…
María: Sí, porque las de bacalao son muy grandes. Me acuerdo una vez que fui a México, escuché a dos muchachas hablar en euskera y les dije [habla en euskera] a ver si ellas eran de allí y nos pusimos hablar. Me contaron que habían descubierto un lugar donde se comían muy buenas cocochas. Y al día siguiente fuimos a comer las cocochas, pero para mí no tenían nada que ver. Eran grandes, pero no de bacalao, sino de un pescado que hay en México. Pero comemos el pescado de muchas formas.
Alberto: Anchoas... Anchoas a la salsa, en una cacerola con un poquito de perejil.
María: Callos, como le decimos nosotros, que es mondongo.
Alberto: Allá, en Minas de Corrales, donde vivo yo, me dijeron una vez: "milanesas de mondongo" y yo dije: "¿pero qué es eso? ¡Yo no lo como ni loco!". Y miren lo que era.
María: En invierno comemos mucho poroto, lenteja, garbanzos. Y cosas de cerdo también.
Alberto: Lo que pasa es que la morcilla de allí no es lo mismo que [la de] aquí. Allí son una elaboración especial. Allí, lo único que hacía falta para un guiso eran garbanzos, la morcilla y el tocino, nada más. Y salía riquísimo.
María: Bueno, pero yo aquí encuentro alubias blancas también y son riquísimas. Y las lentejas y los garbanzos también.

Entrevistador/a: Aquí esas comidas son muy comunes...
María: Sí, claro, pero de repente la elaboración es distinta.
Alberto: Antes hacía todas esas comidas, pero ahora no; estoy solo y cualquier cosa sirve. Además, allá en Corrales no tienen ni fruta ni verdura, ni nada. Ni pescado. Allá no llega nada.
María: Aquí, en este país, hay muy buena fruta. Claro, se extrañan las castañas, las castañas asadas.
Alberto: Allí llovían las castañas.
María: Mis hermanas me decían que fueron a almorzar a un pueblo de Vizcaya (yo he estado también allí) y que comieron un jamón crudo espectacular. Allí es muy rico eso. Comieron también pimientos de Guernika, que como son muy solicitados los habían tenido que reservar antes. Y merluza a la plancha y chipirones en su tinta.
Alberto: ¡Qué rico! ¡Chipirones en su tinta!

Entrevistador/a: Cuándo ustedes dicen que son vascos, ¿cómo los reciben los uruguayos?
María: Aquí te pones a hablar y lo primero que te dicen es: "¿eres española?".
Alberto: O gallega...
María: ¡Pero yo no dejo pasar ni una! Siempre aclaro que soy vasca.
Alberto: Yo les contesto [habla en vasco]: "yo soy vasco de Euskal Herría".
María: "Sí", te dicen, "española". Y yo contesto: "española por imposición".

Entrevistador/a: Así que siempre reivindican que son vascos...
Alberto: Sí, claro. Acá se les dice a todos gallegos. Yo a donde voy hablo en vasco, pero no hay nadie que me entienda.
María: Pero mirá como has encontrado a estos dos muchachos que aprenden euskera.
Alberto: Sí, a uno lo conocí en el hospital. Cuando subí al ascensor había tres o cuatro muchachos estudiantes de medicina haciendo sus prácticas y les pregunté una cosa, porque estaba medio perdido y dije algo en vasco. Entonces, un muchacho de allí me habla en vasco y yo le respondí en vasco y nos pusimos a hablar.

Entrevistador/a: Y para ustedes, hoy en día, ¿qué es ser vasco?
Alberto: Un orgullo. Porque al presidente vasco en la guerra le dijeron: "ustedes, vascos, no tienen historia" y él le contestó: "¿Que no tenemos historia? Estamos orgullosos de ella. Dígame qué es la historia [la de ellos] sino matar y masacrar a la gente". Porque los vascos nunca quisimos guerra ninguna.
María: Sí, en realidad hemos sido pacíficos, pero ahora en este momento se está luchando y ahí están las controversias. Persuadir, no los puedes persuadir a los españoles, porque es arrancarles un pedazo que les reporta mucho dinero. Entonces claro, no se van a deshacer. [Aparece el marido de María, oriundo del País Vasco también y comienza a hablar en euskera con Alberto. Luego nos interrogan sobre el origen de nuestros apellidos, alternando el euskera con el castellano].
Alberto: Las casas allí llevan nombres vascos o los apellidos. Yo me acuerdo en la época franquista en mi pueblo...
María: El pueblo de él fue uno de los más castigados.
Alberto: Había que ver cómo nos daban garrote. Y bueno, llegaron los franquistas de la porquería esa [Franco] y sacaron todos los nombres de los caseríos. La lengua vasca la arrasaron. Arrasaron todo.
María: ¿Ustedes habían preguntado qué sentíamos al ser vascos? Yo me siento distinta. Bueno, no sé si distinta porque los humanos todos somos iguales, pero yo siento que tengo algo que es mío, pero que me lo han arrebatado y siempre estoy deseando recuperarlo.
Alberto: Como todos los vascos.
María: Y esa es la lucha. Pero claro, por luchar te dicen que eres terrorista.
Alberto: Totalmente. [Alberto y el marido de Maria comienzan a hablar en vasco].

Entrevistador/a: ¿Y qué consideran que identifica a los vascos como tales?
María: Pues, tenemos un sello distinto, yo creo. Claro, todo se está desvirtuando ahora mucho, pero igual tenemos un sello los vascos: nuestro carácter, nuestro amor al trabajo (porque eso ha sido una cosa que nos ha marcado mucho), hasta la sangre tenemos distinta. Pero la verdad es que yo me siento distinta. No sé como explicarlo.

Entrevistador/a: Tiene algo que los otros no tienen...
María: Sí, sí, algo que me identifica.

Entrevistador/a: ¿Y se puede hablar hoy de nación vasca?
María: Depende qué se entienda por nación. Nosotros tenemos una identidad que es nuestro idioma, nuestras costumbres y si eso hace a una nación, que creo que sí, todo eso lo tenemos. Pero no nos reconocen.

Entrevistador/a: ¿Y cuáles son los pilares del pueblo vasco? ¿El euskera?
María: El euskera es lo primordial, porque si no tienés idioma... Si será [importante] que es lo que han tratado siempre de sacarnos por todos los medios. Y Franco nos ha puesto unos impedimentos brutales. Y ahora, el gobierno que está, tampoco le está dando tanto papel al idioma. Pero yo no sé qué pasa, hay intereses creados. Pero el idioma es lo primordial. Si no lo tienés, ¿cómo te vas a identificar? Lo que hay que empujar es eso.
Alberto: Yo recuerdo muchachos que no tenían nada que ver con la organización y que los mataron por supuestos etarras ¡Qué desastre que hubo con esos muchachos! ¡Qué torturas!
María: Sí, eran de Tolosa, de mi pueblo. Lo que pasa es que son injusticias, y esas injusticias son las que llevan a seguir y a luchar. Porque ¿se puede creer en la democracia si los países que dicen ser demócratas son los que mantienen la tortura?
Alberto: ¡En España van a misa y cuando salen hacen semejantes carnicerías! Son muchachos…
María: Es el dinero, el poder.

Entrevistador/a: ¿Y ustedes creen que esa realidad en Uruguay se conoce?
María: No, no se conoce. Yo creo que aquí también habrá (porque no se escapa nadie), pero es menos que allí. Yo creo que este país tiene otras características. Todas esas injusticias son las que hacen que el pueblo se rebele. A mí es esa rebeldía la que me hace seguir: la que tengo adentro. Hay bastantes que conocen la historia del País Vasco, pero no muchos. Porque si mirás allí te preguntas por qué los jóvenes no se están implicando tanto en el asunto. Lo que pasa es que viven muy bien, pero otros jóvenes sí están bien involucrados.
Alberto: Es muy común aquí que tu digas que sos vasco y te respondan: "¿vasco? Mi abuela/o también". Eso siempre.
María: Sí, mucha gente lo tiene asumido eso. Como que es algo que adorna un poco. Como que es bonito ser vasco.
Alberto: Mucha hermandad entre los vascos.
María: Pues claro, eso la prensa no lo divulga, no divulga los derechos que tenemos. Porque la prensa aquí mismo, que creemos es un país bastante demócrata y bastante imparcial, las noticias de los vascos que publica son sólo de ETA: que hizo tal cosa, que puso una bomba, etc. Pero no dicen por qué existe ETA. Eso no lo dice nadie. ETA nació justamente por las injusticias que se hacían.
Alberto: Allí me fusilaron a mi padre. Pobre, él vivía consagrado para la familia y para el trabajo, nada más, y cuando los franquistas estos agarraron a mi pueblo… Yo no sé hasta ahora por qué fue, si encontraron una pequeña ayuda en los muchachos… Lo que pasa es que todos éramos hermanos en aquél pueblo, todos nos conocíamos y ayudábamos.
María: Lo que pasa es que Ernani, el pueblo de él, fue uno de los pueblos que más fue castigado. Muchos muertos, muchos fusilados. Y recién ahora están encontrando.
Alberto: Una fosa común con cientos de personas muertas.
María: Un pueblo pequeño. Tendrá cuatro mil o cinco mil habitantes; ahora un poco más.
Alberto: Sí, pero entonces era un pueblo chiquito.
María: Yo tengo una cinta grabada que tú, Alberto, no has visto, pero que un día cuando vengas con más tranquilidad la veremos. Hay que verla con mucho ánimo porque es muy dura.
Alberto: Muy duro fue sí. Yo he ido juntando recortes de diarios. Hubo muchas traiciones, muchos asesinatos.
María: ¡Casos, miles, como esos! Un sacerdote que hubo aquí hace un tiempo en el Cerrito de la Victoria se vio afectado por una cuestión de rivalidad con otro sacerdote, porque él estuvo mucho tiempo en Buenos Aires y al parecer allí surgió el problema. Cuando estalló la guerra, él tenía un hermano en el pueblo, que era farmacéutico y vivía en el primer piso de la farmacia. Cinco hijos tenía y éramos muy amigos. En represalia, porque fue uno de los que había conseguido, por intermedio del presidente que estaba en ese momento, que emigraran los vascos sin documentación durante la guerra, […] quisieron vengarse con ese hermano. Una noche fueron a buscarlo para matarle. Llamaron a la farmacia […]. Cuando bajó, vio que había un coche parado esperándolo y le dijeron que entrara. Él ya sabía que lo iban a matar. Pidió que por lo menos le dejaran dejar las llaves en casa o despedirse de la familia, pero ellos se negaron. Era invierno, y ellos estaban en esos autos Ford de entonces (los motores se enfriaban y había que darles manija) y resulta que el motor no les marchaba. Era las dos de la mañana. En eso pasaba uno, que era médico, que era del régimen franquista, pero era una muy buena persona (ese mismo día uno de los hermanos de este médico había fallecido en el frente, en la guerra). Cuando pasó por allí y vio que tenían a éste en el auto, ya se imaginaba que lo iban a matar. Entones les preguntó: "¿pero qué vais a hacer con esta persona? ¿Qué os ha hecho?" y ellos le respondieron que tenían orden de llevarlo. Entonces les dijo que él se dirigía hacia el ayuntamiento a hacer unos trámites para traerse al hermano […] muerto. Les pidió que esperaran allí un poco. Entonces, cuando llegó, estaba la plana mayor del régimen, y dijo: "por la memoria de mi hermano, que ha dado su vida por la patria pido que le perdonéis la vida a este hombre". Y se la perdonaron, pero al día siguiente le afeitaron la cabeza dejándole sólo un mechón, le pusieron la bandera española y le dieron un cartel que decía: "Viva España" para que pusiera en la casa y le dieron de beber dos botellas de aceite ricino. Con todo eso se tuvo que ir a su casa parando en cada calle.
Alberto: Descompuesto… ¡Qué barbaridad!
María: Aparte del julepe que tendría. Y cosas de esas hay muchas.
Alberto: A las mujeres, yo me acuerdo, les hacían la vida imposible. Eran asombrosas las cosas que les hacían. Y en nuestro pueblo, a todos aquellos que habían emigrado por la República les sacaban todos los bienes, y los muebles a la calle y los prendían fuego […]. ¡Qué tristezas!

Entrevistador/a: ¿Y usted es vasco también?
Marido de María: Sí, soy navarro. En nuestra casa no se hablaba más que vasco. Fueron pueblos muy castigados.
Alberto: Sufrimos mucho.
María: Sí, sobre todo en la parte rural. Yo, con ocho años, cuando empezó la guerra, no sabía hablar nada en castellano. Yo iba a la escuela vasca. Bueno, luego cerraron todo eso, las ikastolas [escuelas donde se enseña euskera]. Pero no sabía ni decir buenos días, nada en castellano. Cuando cerraron las ikastolas, tuvimos que ir a escuelas nacionales. Yo fui a un colegio de monjas. Allí tuvimos que aprender el castellano y era una novelería tan grande cuando aprendimos a decir buenos días o algo así. Entonces, cuando íbamos a casa les contábamos lo que habíamos aprendido y en casa no nos dejaban [hablar castellano]. Teníamos que hablar euskera. Era una lucha aquello, porque en casa teníamos que hablar euskera y afuera y en el colegio hablar español. Así que imaginen lo que cuesta adaptarte a todas esas cosas.

Entrevistador/a: ¿Y hoy en día ustedes podrían destacar algún valor de la sociedad uruguaya en general con el cual se puedan identificar?
María: Yo creo que la sociedad uruguaya es muy comprensiva. Además, está muy preparada, hay mucha gente culta, que cuando tú le hablas algo te entiende. Y hay mucha gente que conoce y que está muy documentada de lo vasco. Bueno, ambos pueblos somos hospitalarios. Yo tengo un muy buen concepto de los uruguayos. Es gente que te acoge.

Entrevistador/a: ¿Saben el significado de los colores de la bandera vasca?
Alberto: Es blanca, roja y verde.
María: Yo no me acuerdo.

Entrevistador/a: Nos habían dicho que la cruz blanca representaba la Iglesia...
María: Sí, porque en un principio el pueblo vasco no era católico, pero por el 1600, más o menos, empezaron a cristianizarlo hasta que se hizo muy católico.
Alberto: Católico por demás.
María: Pero eso hoy se ha perdido un poco.
Alberto: Todas doctrinas impuestas, porque nosotros éramos criaturas, en el sentido de que no había política ni nada. Lo primero que aparece impuesto es la Iglesia. Pero no por ser católicos ni nada de eso.
María: Era por temor, además. Mucho temor.
Alberto: Nosotros hacíamos muchas travesuras con gente que venía de paseo. Hacíamos una calabaza con ojos y nariz, le poníamos una vela en el medio, y la dejábamos por algunos lugares medio escondidos y la gente se asustaba. Porque estaba todo eso de la brujería. En nuestro pueblo, cuando yo era un niño, pasaba el sereno en las calles.
María: Y decía la hora y el tiempo […].
Alberto: Lo decía con una voz escalofriante. Y nosotros corríamos a la cama porque nos daba miedo. Muchas noches nuestro padre nos mandaba a buscar agua a la plaza, a la fuente que había allí, y yo bajaba, miraba para todos los lados y me iba corriendo. Porque se acostumbraba mucho contar historias de fantasmas y brujas y todo eso.
María: Sí, nos contaban muchas cosas de esas. Mi padre nos contaba mucho.
Alberto: Comiendo castañas a la noche.
María: Me contaba que cuando era joven, veintitrés años, más o menos, iba a las fiestas en el pueblo y cuando llegaba con los amigos a un cruce, se tenían que separar cada uno por uno para llegar a sus casas. Y ahí, antes de separarse, [un día] se sentaron, empezaron a conversar y […] los dos en un determinado momento sintieron algo tan extraño que uno al otro se dijo: "¿tú los has sentido también?". Y los dos salieron corriendo para sus casas. Él siempre dice: "yo no digo que hay pero que no hay tampoco [sic]".
Alberto: No creo en brujas pero que las hay, las hay.

Para terminar, Alberto, María y su marido cantaron el himno a Guernika: Guernikako Arbola. Es el símbolo por excelencia de la tradición y la cultura vasca y representa los fueros del pueblo vasco que se juran en Guernika

Guernikako arbola                                                                             El árbol de Guernika
Da bedeinkatuba,                                                                              Es el símbolo bendito
Euskaldunen artean                                                                         Que ama todo euskaldun
Guztiz maitatuba.                                                                               Con entrañable amor.
Erregutu diogun                                                                                 Pidamos a Dios todos
Jaungoico jaunari                                                                             Que con la paz fecunde
Paquea emateco                                                                               La tierra que sustenta
Orain eta beti                                                                                      El árbol secular                                                                              

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