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Alberto

Alberto

    Alberto pertenece a la comunidad peruana del Uruguay. Llegó al Uruguay con treinta años de edad, hace ocho años. Es artesano y músico, integrante del Dúo de los Andes.

Entrevistador/a: ¿De qué región eres y por qué emigraste del Perú?
Alberto: Nací en Lima, pero mis padres son de otras regiones del sur del Perú. Soy de sangre aimará y quechua; mi madre es aimará de Puno y mi padre es quechua de Ayacucho. Tengo cinco hermanos, tres mujeres y dos hombres; [están] todos casados y viviendo en Perú. Salí del Perú por la música; primero fuimos a Ayacucho y luego a Puno, porque tenía parientes. Los visitaba y nos quedábamos en las casas de ellos. Éramos un grupo de cinco músicos. Después, salíamos a buscar el mejor sitio para tocar: boliches y pubs donde ofrecernos. Si no nos contrataban, nos íbamos a alguna plaza; siempre hay un lugar donde tocar. Con ese mismo grupo, con el que recorrimos casi todas las provincias del Perú, nos fuimos para el Norte y nos pasamos al Ecuador. Íbamos de pueblo en pueblo; queríamos conocer y tocar en todos lados. Algunos se volvieron al Perú porque querían estudiar. Yo quería seguir conociendo, así que seguimos a Colombia, Brasil, Bolivia, Chile, Paraguay, Argentina. Hace quince años ya que salí del Perú.
 
Entrevistador/a: ¿Volvías al Perú?
Alberto: Sí, volvía cada año a Lima para estar con la familia, con mis padres. Mi madre me decía que era una locura y que arruinaba mi vida. Porque yo estudié; me postulé para la Universidad y quedé entre los mil quinientos que entraban. Hice todo como quería mi madre y cuando salí mi tío me consiguió un trabajo en un banco. El trabajo de oficina lo hacía, pero a mí me gusta la música. En ese entonces, la música era como un hobby; así empecé. Después que salí a viajar [sic] fuera de Perú, ya sólo me dedicaba a la música y luego a la artesanía.

Entrevistador/a: Tus padres ¿qué actividad realizan en Perú?
Alberto: Mis padres eran artesanos, tejían, y siempre se mataron para que sus hijos estudiaran. Eso es muy común en Perú, que los padres se sacrifiquen para que los hijos estudien. Porque no es como acá; allá el estudio es muy caro. Eso hacen las [empleadas] domésticas que se sacrifican viniendo acá a meterse en la casa de los uruguayos (que las contratan a trabajar todo el tiempo) para mandarle plata a su familia, a sus hijos, para que ellos puedan estudiar. Ellas se sacrifican. Es bravo estar encerrada trabajando lejos de la familia.

Entrevistador/a: ¿Por qué?
Alberto: Porque no tienes lo tuyo; viven en la casa de quien le da el trabajo. Yo le dije a mi esposa: "hay que llegar a tener la casita de uno". Nosotros pasamos de vivir en una pensión en el Centro a un apartamentito chiquito, en el barrio La Fraternidad, en Batlle y Ordóñez y General Flores; pagábamos alquiler. Yo, como estudié para auxiliar contable, para contador, me veía venir la crisis que hubo: el dólar, a seis pesos, no se iba a aguantar. Se veía venir. Entonces, le dije: "tenemos que dejar de alquilar". Y nos compramos un terrenito en Toledo, donde construimos la casa; todo lo hicimos nosotros. Era allá donde había un terrenito que podíamos pagar; fuimos y nos gustó. Era lejos en aquel entonces; ahora, en una hora estoy en mi casa. Me tomo el bus en el Centro y llego enseguida. Es lejos pero no tanto.

Entrevistador/a: ¿Cuénteme cuándo llegó a Uruguay?
Alberto: Llegué hace ocho años y viví en pensiones por el Centro; a veces, en hotel.  Y enseguida, a los tres meses, conocí a mi esposa, y ya me quedé. Vivimos en pensiones y alquilando, pero después nos pudimos ir allá, a Toledo. Es bonito porque es una paz [sic]; hasta escucho a los pajaritos cuando me levanto.

Entrevistador/a: ¿Y los vecinos?
Alberto: En Toledo, bien. [Los vecinos] se portaron muy bien conmigo, ahora que […] mi esposa falleció, y estuve como un mes en el CTI con ella. Todos me preguntaban por ella. Yo iba de noche solo a darle de comer a los perros. Tengo cuatro perros, dos gatos, tres gallos, cuatro gallinas, un pato y un loro. Me gustan los animales. En mi casa, allá en Perú, mi madre tenía animales. Ahora son mi compañía, aunque los dejé mucho tiempo encerrados porque no quería volver a casa. Me la pase de casa de amigos en casa de amigos y así me distraía. Intenté volver y creí verla sentada en la silla de la cocina; me asusté mucho porque para mí la vi. Fui al médico y me dijo que yo estaba bien físicamente, pero que tenía que ir al psicólogo. Me mandó al psicólogo para que hablara, porque hay cosas que se hablan con la pareja y no con amigos, y con ella hablábamos mucho, pero ahora no tengo con quién hablar.

Ahora estoy volviendo a casa y al trabajo, porque el puesto de artesanías, como lo trabajaba ella, estuvo cerrado de reyes hasta esta semana, que me vine a abrirlo [setiembre]. Estuvo seis meses cerrado y hoy tuve una reunión con los vendedores de acá, y algunos me apoyaban, porque entienden, pero otros estaban enojados; si no lo abro me van a echar. Además, en todo este tiempo perdí clientes, porque yo les arreglaba las caravanas o lo que me traían, pero al estar tanto tiempo cerrado la gente se cansa de venir y no encontrarme. Ahora estoy buscando a alguien que se quede en el puesto. Probé con un muchacho peruano, pero él me dijo que lo habían robado enseguida que empezó y luego los vendedores de los otros puestos me avisaron que no era cierto y le tuve que decir que no lo necesitaba más. Por eso estoy yo acá y lo tomo como hobby, como descanso y no como trabajo, porque lo mío es la música. A mi esposa le gustaba lo del puesto. Lo hice para ella; me venía todas las noches a terminarlo cuando estaba internada y lo hice bonito para ella.

Pero la vida te da estos golpes; yo no creía, no creo que ya no esté. El médico, cuando me dijo que no iba a vivir, no le creí. Pero ya a lo último, no me aguanté y le dije: "mirá que te espera un puesto bonito; no es una cosa así nomás". Ella no esperaba que el puesto quedara así, tan bonito. Yo tenía todo: la casita, mi música, mi esposa, pero lamentablemente en esta vida no es todo justo. Yo me quedé en Uruguay porque empecé a salir con ella; cuando la conocí, ya me iba. Viene de Argentina con la idea de conocer y comprar un pasaje para Europa, porque me dijeron que acá lo podía comprar más barato. Y me quedé.

Entrevistador/a: ¿Vives con el hijo de tu esposa?
Alberto: No. Él vivía con nosotros, pero ahora está casado y vive con su esposa en el Centro. La que se mudó a la parte de atrás de mi casa es la hija de mi esposa, con el hijo y el esposo. Le di ese espacio mientras se construye algo atrás, porque el terreno es grande, y yo estoy solo, así me hacen compañía. Siempre me llevé bien con los hijos de mi mujer.

Entrevistador/a: ¿Cómo fue que llegaste? ¿Cuándo llegaste?
Alberto: Vine en barquito a Colonia, desde Buenos Aires, y en bus a la Terminal de Tres Cruces. Estaba todo mojado, incluso garuaba. Llegué a las cuatro de la mañana, esperé a que amaneciera, y busqué un plano (es lo primero que se hace cuando se llega a un lugar que no se conoce; buscas ubicar dónde estás), pero estaba todo cerrado. Me tomé no sé cuántos cafecitos y en una salí para el lado donde está la placita, esa del costado [señala] (la estaban haciendo, así que eso, por lo mojado […], era todo barro, no había nada más que montañas de barro, era todo feo, y el tiempo también, para peor). Me dije: "¡qué es esto!", y me volví a meter a la Terminal a esperar que abriera el puesto de información turística. El puesto no abría más y a mí no me gustaba nada lo que había visto. Me dije: "cuando abra, le pregunto dónde está el aeropuerto y me voy ahora mismo". Conseguí el plano y lo primero que me sorprendió fue cuántas placitas había. Estaban todas muy cerca y abrí más el plano y vi que no había mucho más, entonces, le pregunté a la chica de información turística: "¿esto es todo Montevideo?". Cuando me dijo que sí, yo pensaba: "dónde me metí". Salí de la Terminal por el costado ese donde había barro –parecía Sarajevo–, pero me di cuenta que sí había ciudad, y pregunté en un kiosquito a una señora dónde podía hospedarme, un hotel o algo; me dijo que si seguía por Bulevar Artigas, frente al Hospital Pereira Rossell, había una pensión. Y para allá me fui. El que me atendió me dijo: "¿tú eres peruano?". Cuando le dije que sí, me dijo que esperara y me trajo a un peruano que vivía allí. Le pregunté si había lugar y cuánto me costaba; me dijo que unos cuatrocientos dólares; yo le dije: "¡qué caro!", (porque en Argentina, con cuatrocientos, alquilas un lindo chaletcito). Yo pensé: "me quedo una semana", así que pagué y me tiré a descansar en  la cama.

Cuando me levanté, no sabía qué hacer, no conocía a nadie, no me había gustado para nada lo que había visto y encima era caro. Yo tenía algo de dinero, pero no mucho. Primero pensé: "me voy hoy mismo a Europa". Luego pensé: "bueno, salgo, conozco, me doy esta semana, y luego me voy". Así que salí a la calle, pero antes pregunté al peruano qué podía ir a conocer y me dijo que la rambla, porque es el Océano Atlántico. Le pregunté por dónde tenía que ir; me explicó y arranqué. Primero, Bulevar Artigas y luego Avenida Brasil derechito: salí a la playa. Fui con unas ganas a ver el océano, porque no conocía el Océano Atlántico; yo nunca lo había visto, sólo el Pacífico. Me encantó. Fui liguerito esas cuadras. Llegué enseguida. Estaba muy emocionado, y cuando llegué allí estaba en dos colores [el mar]: con ese color marroncito y luego como con un verde más atrás. Además, la arena y las rocas. En las rocas andaban los cangrejitos y eran tan bonitos… Eso fue estupendo; te da una paz, una tranquilidad; se escucha el ruido de las olas. Allá, en Perú, yo iba a una playa bastante alejada, que era mi playa (yo le decía así porque no iba nadie más que yo, pero después se empezó a llenar de gente y ya no me gustó). Te puedes imaginar: acá son tres millones y allá somos treinta millones.

Acá hay lugares adonde puedas ir y estar solo o con poca gente, así, tranquilo, pero en Perú, no. Sólo para el lado de los pueblos indígenas, mismo para la zona del Amazonas, sí debe ser una paz [sic]. Sólo llegas en avión y nunca fui. Sí fui a unos islotes que hay en el Titicaca, que están hechos de paja y allí vive la gente (es como pisar un colchón). Y la gente es amable y sencilla; a mí me gustó mucho. A los otros del grupo de música no les gustaba, preferían las ciudades, o pueblos con boliches, y las plazas. Pero a mí me gustaba eso y me gustaba cantar para esa gente, así, en ronda (gente que te había recibido en sus casas porque no tenías otro lugar donde quedarte si no era en la casa de alguno). Y hasta era difícil entenderse, porque yo entiendo un poquito el quechua y nada más. Sí puedo cantar en quechua alguna canción que me sé.

Entrevistador/a: Me decías que eras de descendencia aimará y quechua. ¿Qué significa eso?
Alberto: Significa que mis padres eran aimará y quechua.

Entrevistador/a: Pensamos que estabas en algún tipo de agrupación en defensa de los derechos indígenas o que seguías ciertas costumbres de esos pueblos, como la música que tocan, por ejemplo.
Alberto: No, mirá, yo con los grupos de defensa de algo no me meto; nunca lo hice, no los conozco. Además, en Perú hay indígenas, indígenas, sólo en el Amazonas. Allí sí vas a encontrar gente indígena que vive como se vivía hace miles de años; están muy alejados de todo el resto. Aparte, [aislados] geográficamente, porque no llegas fácil donde ellos están; no hay caminos. Los demás son todos una mezcla; ya no son indígenas. Yo soy una mezcla y de dos pueblos, el aimará y el quechua. Hay fiestas, como la Adoración al Sol el 24 de junio, la Inti Raymi, que se celebra en Cuzco porque es quechua, o las Diabladas en febrero, en Carnaval, que se celebra en Puno, que es aimará, como en Lima se festeja Santa Rosa de Lima el 30 de agosto o Señor de los Milagros en octubre (éstas son católicas).

Pero son celebraciones. Igual, todos las recordamos; acá nos juntamos y tomamos algo, conversamos como si fuese un cumpleaños, recordamos la fecha y vamos a tomar algo. Nos juntamos el día ese y nada más, mientras que en Perú se festeja a lo grande. La gente empieza a festejar en la casa con la chicha y la cerveza, pero más con chicha porque es más barata; se hace en la casa mismo [el festejo] y luego se sigue festejando en la calle, y ahí sí es una gran fiesta porque todos están ya muy mareados y danzan y danzan. Porque hay que festejar bien y festejar mucho para que te vaya bien todo el año, entonces, en eso se cree y se festeja (tanto los aimará como los quechua). En Lima se hacen muchas procesiones y también se festeja en la fecha de los santos, pero es diferente, fuera de Lima es otra cosa, como […] acá el Interior, que es diferente a Montevideo.

Entrevistador/a: ¿Sólo en Perú se festeja así o, por ejemplo, en Argentina los peruanos salen a festejar a la calle esos días?
Alberto: No, sólo en Perú. En el resto de Latinoamérica hay muchos peruanos y hay muchos en Argentina, pero no hacen nada, no sé por qué. Hacen lo que se hace acá: se saludan, se van a tomar algo a algún lugar. Es que el peruano, fuera de Perú, lo que hace es trabajar, y sí va a las bailantas, como les dicen ustedes, pero sólo el fin de semana. En Perú también se trabaja en la semana y se sale los fines de semana a bolichear, pero además [la gente] se hace tiempo para celebrar fiestas a lo grande, donde se empieza a organizar y a festejar en sí, varios días antes. Acá es todo mucho más tranquilo, hasta la noche, porque en Perú corre mucha droga y son de tomar mucho. Es lo que vas a ver cuando vayamos al boliche Machu Picchu, porque empiezan a tomar y ya se caen de mareados y siguen tomado, no saben parar; no todos, pero en Machu Picchu vas a ver mucho de eso; son muy de bailar y festejar. Yo no tomo casi, porque no me gusta, pero la cerveza o algún vinito rico sí. La cerveza es un clásico en Perú, no puede faltar y es así en toda Latinoamérica.

Entrevistador/a: ¿Profesas alguna religión?
Alberto: Soy católico. Y creo en el sol, como los quechuas, pero sólo creo que hay que agradecerle al sol por todo lo que tenemos y nada más; recuerdo las fechas, sólo eso.

Entrevistador/a: ¿Cómo es eso? ¿Vas a la Iglesia?
Alberto: Sí, a veces voy; no siempre. Voy a la que me queda acá, cerca de la estación Goes, la de San Pancracio; esa me gusta. Un día vino un amigo a buscarme acá y me pidió que lo acompañara hasta esa Iglesia. Yo fui, pero no sabía ni que existía. Y en esos días que ponen la feria y se llena de gente es lindo ir; ahí voy a la Iglesia. Después, yo voy a trabajar (tengo un lugar en la feria de los domingos de acá, en General Flores e Industria). Ahora, con todo esto de mi esposa que falleció, hace tiempo que no voy; ya debo haber perdido el lugar, aunque si voy lo puedo reclamar. Lo que hago es recordar las fechas e ir de vez en cuando a la Iglesia a estar allí un rato y nada más.

Entrevistador/a: ¿Alguna costumbre o rutina que hagas?
Alberto: Yo, con mi esposa, tomaba mate dulce, pero ahora solo, no, prefiero café o té. Llevo meses sin usar el termo. En casa nos turnábamos para cocinar, así que cuando cocinaba yo siempre había arroz (arroz con algo: arroz con manteca y queso o como sea); arroz es el infaltable en casa. Eso es de Perú, donde se come mucho arroz; incluso, nosotros comemos arroz con papas y ustedes no: o comen con arroz o con papas. Mi esposa siempre hacía guisos, me mataba a guiso todo el tiempo. Y a veces, sí, algún pollito, algún asado. Pero en casa era arroz y guiso; ahora es arroz, porque a mí me gusta cocinar pero guiso no hago. Otras costumbres no tengo. Escucho mucho radio. En el puesto tenía música y en casa, cuando estoy, también; cuando hago las artesanías o tejo las bufandas (porque lo único que yo tejo son bufandas). Ahora no sé qué voy a hacer, porque los ponchitos y los gorros los hacía mi esposa. A ella le gustaba mucho tejer; a mí, más o menos. Entonces, me pongo música en la radio y le dedico dos o tres horitas a tejer en el telar o a hacer las caravanas, los anillos, las pulseras. Siempre [trabajo] con la radio; escucho Galaxia [FM] porque no ponen casi reclames o a veces cambio, pero casi siempre Galaxia.

Planté unas albacas y unas cebollitas de verdeo en un medio tanque que conseguí, pero los bichos me rompieron todo y no quise plantar más nada. Aunque era lindo tener la albaca ahí, fresquita. Pero con todos esos bichos no se puede; incluso, no salen baratas las raciones (ya me están cansando aunque me gusta). Igual, los que más me gustan son los perros. Llegué a tener como cuarenta gallinas, pero se me fueron muriendo y algunas terminaron en un guiso.

Entrevistador/a: ¿Los materiales de las artesanías dónde los consigue?
Alberto: Con un muchacho peruano que se dedica a traer los materiales del Perú. Él tiene precios en cuenta o si no voy a una negocio que hay también de un peruano, pero ahí se me encarece mucho, no tiene buenos precios. Porque acá no hay lo que nosotros necesitamos para hacer bien las artesanías peruanas, entonces, hay que traer [los materiales] de allá. Ahora tenemos suerte porque hay como una moda de usar éste tipo de artesanía con plumas, con piedritas, con materiales que no son ni oro ni plata, porque eso sí que no podemos traer. Eso es bueno para todos los que trabajamos con artesanías, porque podemos trabajar con materiales que sí nos pueden hacer llegar del Perú. También compro cosas chinas, como los pins de los grupos uruguayos, como La Vela Puerca, La trampa, y todos esos.

Porque aunque no lo creas, eso lo hacía un uruguayo, pero salía más caro que mandarlos a hacer a China y es allí donde los hacen ahora. Es algo que está pasando en todo el mundo: donde la mano de obra es más barata van a mandar a hacer las cosas. Por eso uno tiene que arreglárselas como puede, porque es así. Hay que tener precios acordes, porque si no los clientes comparan y le compran al otro. Con un amigo fuimos al Pilsen Rock y a la Fiesta de la X y vendimos de lo lindo esos pins de grupos uruguayos hechos en China. ¡Es increíble! Tengo anillos y otras cosas que no hago yo, sino que las intercambio o las compro a otro acá, en Uruguay. Porque a veces alguien consigue seis planas de tales anillos y yo tengo otras cosas que él no tiene, entonces, me da una o dos planas y yo le doy de lo que tengo demás; y eso nos sirve a los dos. A veces son cosas que uno consigue, a veces son cosas que uno hace y las intercambia por cosas que no pude conseguir o que no sabe hacer.

Entrevistador/a: ¿Dónde aprendiste a hacer artesanías?
Alberto: Se aprende viendo, siempre se está aprendiendo. Lo mismo con la música: se escucha  y se saca un acorde. Al andar por toda Latinoamérica (menos Venezuela) uno va aprendiendo cosas. En Ecuador aprendí mucho porque uno se ponía a tocar y se armaba una ronda y siempre había mujeres tejiendo o haciendo alguna artesanía –las esposas o las hermanas de los que estaban allí–, ahí mismo le preguntabas: "cómo haces esto o aquello" y luego te pones a hacer. En Ecuador y en Perú hay muchísimos artesanos y todos viven del turismo, entonces, es fácil encontrar gente haciendo cosas para el turista y siempre con ese estilo andino. El tema de las trenzas también está de moda y las hacemos también.

Con la música es igual: vas aprendiendo los ritmos de cada lugar; toda la parte andina es más fácil porque cambia algún instrumento, pero son parecidos, y alguna tonada de región en región, pero es muy parecido; después que te sale una, seguro te salen otras. Es que Perú, Ecuador, Bolivia, el norte de Argentina y el norte de Chile tienen en común el estilo de música andina, donde hay mucha variedad de ritmos pero tienen toda una misma base. En Perú es el huayno y en Argentina, Bolivia  y Ecuador se le llama carnavalito [a ese ritmo] y es casi igual. Después, nosotros hacemos temas de Luciano Pereira, de Mercedes Sosa; de Uruguay hacemos temas de Jaime Roos y candombe.

Entrevistador/a: ¿Cómo es que hacen candombe sin tambores?
Alberto: Hacemos candombe del mucho palo; nosotros lo adaptamos, no cantamos igual que como lo cantan ellos, sino que es una versión nuestra; lo mismo hacemos con todas las canciones. Es que depende del público al que le vayas a cantar, porque si son peruanos no cantamos Jaime Roos; eso lo cantamos para los uruguayos. Hace poco cantamos para ecuatorianos, que estaban haciendo una despedida a unos que se iban a volver a vivir a Ecuador, entonces, hicimos música sólo de Ecuador, porque era lo que ellos querían escuchar. Nosotros siempre hacemos el espectáculo en base a qué publico tenemos en frente, porque lo importante es que la gente se divierta. Por eso la música que tocamos es música conocida, para que puedan cantar y bailar. Nos contratan para eso. También, si se acerca alguien y nos pide un tema, si lo podemos hacer, lo hacemos, y si no nos acordamos mucho, nos apoyamos en que la gente nos ayude a cantar. Y eso gusta mucho.

Con la música también tenemos suerte ahora porque lo andino está de moda, entonces, piden mucho. A los uruguayos también les podemos tocar música andina y les va a gustar, porque el folklore latinoamericano es casi uno, pero con variantes; la guitarra criolla está en todo. Y después, yo toco otros instrumentos, como el charango y el charanguito, la quena, las maracas. Hay muchos instrumentos de viento y de cuerda que son parecidos, entonces, si aprendes a tocar uno, te sale tocar otros. Hay una especie de tambor cuadrado que se utiliza también. Mi abuelo era charanguista, y por ahí conocí el charango y el modo de tocar del charanguista, que me gusta mucho. Yo no conocí a mi abuelo, pero por lo que me contaba mi madre de él y de lo que hacía (eso de andar con el charango de peña en peña, tocando y viajando, siempre así), de ahí saco esto de la música. Por eso, cuando mi madre me rezonga por la vida que llevo, yo le digo que es culpa de ella, porque siempre me estaba contando de mi abuelo.

Entrevistador/a: ¿Dónde compras los instrumentos? O cuando se te rompen ¿dónde los arreglas?
Alberto: El músico lleva sus instrumentos con él. Los traje del Perú, y cuando vas de visita –y antes iba más seguido, ahora hace como tres años que no voy– los compras. Si se rompen, hay que traer de allá; las cuerdas, por ejemplo, le pides a alguien que te las mande (es un paquetito nomás). O cuando alguien viaja, le encargas. Luego, te lo arreglas tú. Si no, es muy caro, porque comprar cualquier instrumento musical ya es caro de por sí y si es un instrumento típico del Perú o de la región andina es más caro todavía. Así que prácticamente comprar acá, en Uruguay, no se puede. Sólo puedes comprar la guitarra criolla.

Entrevistador/a: ¿Por qué elegiste éste tipo de música? ¿Por qué no tocas reggaeton o rock?
Alberto: Rock toqué allá en Perú, cuando tenía diecisiete; teníamos un grupo. Pero el ambiente del rock, al menos del Perú, no me gustaba; corría mucha droga en los lugares de música rock. Y fue una época que pasó. Me gustó mucho más este estilo de música, que es considerada música de campo. En Perú es una música que es así, como tirada abajo, porque es la música de los canarios, una cosa así. Pero en los otros países siempre fue bien recibida; a la gente le gusta porque es algo nuevo para ellos. Y hay cierta música andina que es como muy tranquila, que te da esa paz a uno, y además se la trasmites al público; es como que te llena de energía y podés estar cansado pero el público siente eso y vos también, entonces, tienes más energía y seguís. Es muy bonito.

Reggaeton está bien, tocaría si es lo que la gente quiere, por mí está bien. Es comercial, se vende; por eso la hacen, y eso no está mal. A mí antes no me parecía bien que tocaras cierta música porque se vende, pero ahora me doy cuenta que tienes que hacer que la gente se sienta bien y disfrute; para eso te contratan y para eso trabajas de músico. Entonces, tienes que tocar de todo, tienes que mezclar la música para hacer cosas bonitas y nuevas para la gente. Me gustan algunos temas de La Vela Puerca porque tienen rock y carnaval, y está bárbaro. Si voy a una fiesta peruana y me dicen: "mirá, no queremos escuchar el Canto del Cóndor, queremos que hagas reggaeton porque es lo que se escucha ahora", está bien, lo hago. La fiesta es para ellos y yo lo voy a disfrutar igual porque me voy a divertir con ellos.

En la Noche de la Nostalgia hicimos una fiesta; con un amigo alquilamos un saloncito en la calle Gardel y repartimos invitaciones a los conocidos y les pedimos que hicieran pasar la noticia. Compramos unos pollitos, los sazonamos bien, los pusimos en la parrilla, arroz, papas, ensaladas para acompañar y se nos llenó de gente. Eran todos peruanos. Respondieron todos a quienes les dimos la invitación y trajeron más gente todavía, así que quedamos apretados. Primero, venían a dar una vuelta, a ver cómo estaba la cosa; cuando veían los pollitos, que nos quedaron bárbaros, bien sazonaditos, ya se quedaban y empezaban a encontrar gente conocida o a charlar entre ellos. Y estuvo bárbaro. Nos salió redondito, porque se nos ocurrió el viernes y para el lunes estábamos repartiendo las invitaciones. Y fue todo así, muy a las apuradas. El mismo jueves yo fui a las once de la mañana para aprontar todo y de la parrilla me encargué yo.

A la noche ya estábamos muertos de cansancio, pero como nos conocían y sabían que éramos músicos, nos pedían que tocáramos. Nos ayudaban unas amigas, hermanas de unos amigos, en realidad, que eran las que llevaban los platos a las mesas, pero igual tuvimos que cerrar la cantina un rato para poder tocar. Pensé que con el cansancio no me iba a salir nada, pero una vez que arrancamos a tocar ya no paramos; la gente pedía otra y otra, y a nosotros no sé cómo se nos pasó el cansancio y seguimos tocando hasta las cuatro de la mañana. Yo no lo podía creer, pero era así: la energía que te pasaba la gente, que se estaba divirtiendo muchísimo, y el hacer lo que nos gusta, tocar música, ya está… Cuando terminó todo, estaba más que muerto; juro que caí en una cama y no pude ni pararme hasta varias horas después. Estuvo muy bonito y nos dejó margen de ganancia. Todo salió redondo.

Entrevistador/a: ¿Y tocaron música de otros tiempos?
Alberto: No, tocamos lo de siempre. Lo que pasa es que le pusimos ese nombre porque fue la excusa. En Perú no existe la Noche de la Nostalgia. Pero como era un día que ustedes festejan aprovechamos, porque sabíamos que si invitábamos podía funcionar, los peruanos también iban a salir a divertirse. Para el próximo año la vamos a hacer en un lugar más grande. Esta fue la primera que hicimos y tuvo tal éxito, que seguro hacemos otra el año que viene.

Entrevistador/a: ¿Te vas a volver un empresario de la noche?
Alberto: No, eso son cosas que salen, inventos, nada más. Pero lo mío es tocar música donde me contraten, ya sea para una reunión, un cumpleaños, un pub, un boliche, un partido político. Me contrataron los blancos y la izquierda; a mí me pagaron, así que fui. Donde me paguen, voy. Y si no me contratan, me quedo en casa tranquilo. Los sábados voy al Mercado de la Abundancia y toco con unos uruguayos y pasamos el gorro. A veces voy al Mercado del Puerto; a ese voy de vez en cuando porque no es fácil conseguir un lugar allí, aunque a mí me llevó un amigo y ahora todos me conocen y no hay problema. Pero no quiero perder el lugar porque se gana bien cuando llegan los turistas, porque muchos te dejan dólares, y si les gusta lo que escuchan son generosos. Siempre les gusta, entonces, puedes llegar a hacer hasta cien dólares, y en las plazas o en los bus [sic] no haces más cuarenta dólares, cuando te va bien. Ahora no hago más bus, pero antes, con otro músico, sí hacíamos. Así empecé acá y se ganaba bien, porque el dólar estaba a seis pesos y la gente tenía y te daba. Ahora no es lo mismo, la gente no tiene ni para ellos, menos te van a dar. Por eso, muchos músicos y artesanos peruanos y ecuatorianos se fueron de Uruguay, porque Uruguay está igual que como muchos años atrás estaban nuestros países, como cuando nos fuimos.

Yo no sé bien qué voy a hacer, porque al quedar solito, se extraña a la familia de allá del Perú. No quiero hablarles y que sepan que estoy así, con depresiones, y no quiero ir a verlos porque mi vida estaba pensada para terminar acá. A mí me gusta Uruguay y si no hubiese fallecido joven mi esposa, no estaría en esta situación, sabría que me quedo en Uruguay. Pero ahora no tengo el futuro claro, no sé qué hacer. Por ahora, me quedo, porque tengo mi casa, amigos, me va bien con la música, el puesto. Y mis hermanos y mis padres también tienen una vida allá. Ahora soy más famoso que antes, porque estoy en la publicidad del banco venezolano Bandes; me llamaron por una agencia en la que estoy anotado y fui. Ahora todos me dicen: "de los carteles", que están por toda la ciudad. Mejor, porque me hacen publicidad para el negocio. Es la cuarta publicidad en la que participo, pero nunca estuvo mi foto en todos lados como ahora. Pensé que lo hacían para que saliera en Venezuela y cuando me entero que sale acá, me quería morir, pero ya está. En el negocio en Goes y en Toledo todos me reconocieron enseguida, y me hacían bromas sobre que soy famoso.

Toledo me gusta. Fui a tocar a la escuela de allá porque me pidieron y les gustó mucho. Y todos los vecinos me quieren por eso. Siempre bromeamos, porque tengo una bandera de Peñarol hecha trizas en un mástil en la casa (la dejó el hijo de mi esposa), y me dicen: "como Peñarol está esa bandera" y yo me río y les digo: "que si así está Peñarol, se imaginan como está Nacional". Y yo sigo el juego para divertirme nomás, porque no tengo un cuadro de fútbol en Uruguay. Yo soy del Sporting Cristal del Perú, pero mis hermanos son del Alianza Lima unos, y del Universitario Lima otros. Te puedes imaginar lo que era esa casa. Mi hermana, que es del Alianza Lima, es fanática y va con mi hermano, que también es de ese cuadro, pero la que lleva la bandera es ella. Y a mí que me gusta el Sporting Cristal. Los domingos nos pasábamos discutiendo de fútbol. Allá en Perú son fútbol y voleibol femenino los deportes más importantes; ganamos más con el voleibol porque las muchachas salieron campeonas mundiales varias veces, pero son los dos deportes principales, son los que más te pasan en la televisión.

Acá fuimos al estadio con otros dos peruanos un día que vino a jugar Alianza Lima con Peñarol por la Libertadores y estuvo lindo; fuimos a la Olímpica. Estábamos emocionados porque era un cuadro peruano, pero no sabíamos si gritar los goles porque estábamos rodeados de gente de Peñarol. Pero a los quince minutos viene un gol de Alianza y nos mandamos a gritarlo con fuerza; cuando nos dimos cuenta los tres estábamos parados sonrientes y la gente nos miraba, entonces, dijimos: "perdón". Todos se empezaron a reír y nos decían: "está bien". Después me metí solito a la tribuna de los barras brava de Nacional. Entré y ya estaban jugando, así que enseguidita que me acomodé cerca de por donde había entrado; hace un gol un cuadro y yo me mandé un gritarlo y pensaba: "que bien recién entré y ya veo un gol", pero no sabía ni qué cuadro lo había hecho porque no conocía ni las camisetas; el gol lo había hecho Rentistas, entonces, todos los de Nacional casi me comen crudo. En realidad, habrán pensado que estaba loco porque me miraron como si lo estuviera; a los cinco minutos hace un gol Nacional y también lo grité con ganas, con lo que me decían: "ahora sí". Yo les sonreía y zafé bien.

Peñarol me gusta, pero no porque sea Peñarol, sino porque son los colores del cuadro de mi barrio en el Perú. Los Girasoles se llama la calle donde vivía y así se llamaba el cuadro, y por el color de esas flores era amarilla y negra la camiseta, y hasta era rayada también; es muy parecida. Allí jugaba de golero: me las atajaba todas, estaba en mejor forma que ahora. Hace algunos años hacíamos picaditos con los ecuatorianos; poníamos quinientos pesos cada uno y el que ganaba se los llevaba. Era una época en que se ganaba bien, entonces podías hacerlo. Le ganábamos seguido porque jugábamos bárbaro; yo defendía a muerte mis quinientos pesos, entonces, no dejaba entrar ni una pelota al arco. A veces dejábamos que ellos ganaran porque si no, no tenía gracia y no podían perder siempre sus quinientos pesos; no era justo, así que los dejábamos ganar.

Entrevistador/a: ¿Dónde encuentras peruanos en Montevideo?
Alberto: En la Ciudad Vieja, por todo el tema del puerto. En la Casa del Inmigrante está lleno de marineros. A mí me preguntaban, cuándo decía que era peruano, si no era marinero. A ellos les sirve el puerto de Montevideo, porque se puede ganar mil dólares mientras en el Callao ganas doscientos; la diferencia es así de grande. Igual les servía mucho más cuando el dólar estaba a seis pesos. Como a todos ahora, ya no sirve tanto y para muchos ya no vale la pena; por eso es que ya no vienen tantos. Muy pocos vienen ahora. Además, antes era más fácil sacar la cédula uruguaya; ahora te la complican más y eso también influye. Migración no te hace problema, no controla, pero sí te trancan con lo de la cédula ahora. Y está bien, es una medida del Gobierno para frenar la llegada de peruanos, porque vienen a competir con los uruguayos por el trabajo. Es el caso de los marineros y las [empleadas] domésticas, porque con los músicos eso no pasa. Hay espacios para todos, porque nosotros tocamos una música diferente a la de los uruguayos; hasta cuando cantamos temas uruguayos le ponemos el toque andino. En Punta de Rieles hay cinco familias, pero no las conozco.

Entrevistador/a: ¿Pertenecés a algún partido político?
Alberto: La política no me importa. El Gobierno que sea no va a cambiar nada, si no viene uno que salga de otro lado, no de los partidos que están. Que estén los blancos o el Frente a mí me da igual, no creo que se cambie mucho. Yo tengo cédula uruguaya, pero en política no me meto. Allá en Perú, mi hermana se había metido con los fujimoristas porque era un partido nuevo, (cuando empezó te estoy hablando) y me metió a mí; hicimos campaña, juntamos firmas, recorríamos toda una zona de Lima igual todo el día hablando con la gente, explicándole quién era Fujimori. Mi hermana estaba muy metida, tanto que cuando ganó la fueron a buscar a casa en limusina para invitarla a tomar un puesto en el Gobierno. Ella no quiso porque no lo hacía para conseguir trabajo, sino porque le gustaba y creía que Fujimori podía cambiar las cosas. Y lo hizo porque sacó a Sendero Luminoso, que estaban arruinando el país, porque te metían coches bombas en cualquier parte de Lima sin importar si había una escuela o quién estuviera pasando por ahí. Entonces, vos escuchabas una tremenda explosión y no sabías si a algún amigo o familiar tuyo le había tocado pasar por ahí donde explotó la bomba. Sobre todo ponían en las puertas de los bancos. Esas cosas alejan al turista y Perú vive mucho del turismo; hay muchos artesanos como mis padres, y sin turismo no les da. Al turista es al que le podés vender bien lo que hacés y lo paga con gusto, porque le encantan todas las cosas andinas.

Fujimori le erró con la gente de la que se rodeó; esos sí se robaron todo y lamentablemente lo encastraron. Porque él levantó mucho al país; los anteriores se habían robado todo, como este Alan García, que se robó todo y ahora lo votaron de vuelta. Eso no se puede creer. El tipo, cuando asumió, pidió perdón por lo que él y los suyos habían robado en el Gobierno anterior. Fujimori es distinto, porque ahora tiene que empezar de cero y lo está haciendo todo con otra gente. Parece que va a volver. Para mí está bien que vuelva con gente nueva. Cuando él estaba en el Gobierno, yo viajaba mucho dentro del Perú, y él hizo a nuevo todas las carreteras; podías dormir tranquilo en el bus porque no te despertaba ningún bache del camino. Antes, las carreteras eran un desastre. Además, para andar en auto esas carreteras estaban espectaculares. Es algo que a mí me encantaría tener [un auto], porque cuando viajas te podes parar en cualquier lugar y disfrutar del paisaje, mientras que el bus pasa liguerito nomás.

Igual, la violencia así, tremenda, está sobretodo en Lima; en las ciudades grandes es el problema. Lima es la peor de todas las ciudades. En mi barrio, cuando era joven, me robaron en la puerta de mí casa y eran dos tipos que vivían a una cuadra de la casa. Pero estaban borrachos y tal vez drogados, y como no tenía plata me pegaron un botellazo en la cabeza y me patearon en el piso. Cuando salieron de mi casa y también los vecinos, se fueron corriendo. Yo veía que eso acá antes no pasaba, pero ahora sí. Por eso siempre ando con monedas en los bolsillos, porque te piden un peso, se los das, y te ahorras que se pongan violentos contigo, que te quieran robar porque no les diste un peso; yo siempre les doy. Y cuando vuelvo muy tarde a casa, dejo la guitarra en la casa de algún amigo en el Centro; no voy a la parada ni me bajo allá en Toledo con ella, por las dudas, porque es una tentación y la guitarra es cara. En Toledo nunca hay nadie; me reciben los perros nomás, que te ladran cuando pasas, pero por las dudas…

La droga es terrible en Perú porque genera toda esa violencia y no les importe nada: eso de que te roben o te golpeen aunque te conozcan. El terrorismo y la droga sólo generan violencia y traen problemas. Incluso, para viajar de país en país ahora está más bravo que antes, porque con todo esto de la guerra de Estados Unidos contra el terrorismo, las fronteras están más vigiladas. Con el tema de la droga, también; hay muchas mulas peruanas porque te pagan muy bien por pasar un paquetito. Entonces, la gente, por las ganas de ganarse la platita, lo hace; está mal y lo sabe, pero igual lo hace. Con lo que se volvió más difícil viajar para los peruanos, para todos en general. Con el terrorismo y la droga los más perjudicados somos los músicos, que viajamos mucho, y las fronteras se ponen más difíciles de pasar: te demoran más, te piden que estén todos los papeles bien en regla, te preguntan mil veces por qué quieres viajar. Igual, los músicos pasamos más fácil las fronteras por ser músicos; no te revisan nada porque te conocen de tanto viajar y te dicen: "éste es músico, déjalo pasar". Por eso de que el músico está bien que viaje porque lleva la cultura, la música de un lugar al otro. Yo ahora sólo tengo la cédula uruguaya, así que me puedo ir hasta Chile con ella y de allí pido un permiso especial y entro al Perú. Porque soy peruano, pero en sí no debería poder pasar porque tengo mis papeles peruanos vencidos; el pasaporte está vencido hace mucho tiempo. Además, no voté ni en ésta última elección; hace cinco años que no voto, y si tengo que votar, voto en blanco. Pero este presidente, Alan, perdonó la deuda a todos los peruanos que no votaron (me salvé de cinco mil pesos [de multa]) y ahora sí podría arreglar los papeles e ir sin problemas.

A mí siempre me gustó más Latinoamérica por estas cosas: yo estoy a seis horas de Perú; si quiero irme para allá. Pero Europa es muy lejos; pasar todo el Océano Atlántico para que te ande persiguiendo Migraciones, donde tengas problemas con el idioma… Acá, Migraciones no te hace problemas; podes estar tranquilo en la calle y no viene Migraciones y te lleva para investigarte. Y la Policía se porta bien contigo, no te molesta.

Entrevistador/a: ¿Hay alguien o un grupo que los moleste?
Alberto: No, en Uruguay es todo muy tranquilo. En Europa es diferente; ganas más plata pero vivís peor al final, porque no podés estar tranquilo. Yo viví dos años en Argentina y tampoco tuve problemas, pero sí se siente como una marginación del andino. El de Capital Federal no se lleva ni con los de las otras provincias de Argentina mismo. Hay una marginación. El de Tucumán es un cabecita de negro; todos los que tengan más o menos esas características van a ser cabecita de negro. Y no les gusta y no te van a dar corte. Por eso hay mucho barrio de bolitas o negocios donde son todos bolivianos y peruanos (pero más bolivianos porque hay muchísimos). Ahí, el de Capital Federal no va; va el turista o el que va a comprar cosas para llevar a otros países. Pero el argentino de Capital compra en negocios de los "suyos". Hacen como que no están porque no los quieren ahí, los marginan. Acá, a los uruguayos les gusta: te compran artesanías, escuchan tu música, pasas el gorro y algo te dan o te compran los casetes para escuchar en la casa.

Entrevistador/a: ¿Existen lugares de peruanos?
Alberto: La Casa del Inmigrante, donde hay muchos peruanos; sólo esa. Después en el Machu Picchu hay muchos peruanos también, pero para divertirse ese rato, nada más. Nosotros, con los ecuatorianos, siempre comíamos allí, frente a los Techitos Verdes, en Fernández Crespo y Colonia, porque estábamos en lo mismo, con la artesanía. Y con los otros músicos peruanos también nos juntamos para tener precios acordes; aunque cada uno pone su precio, hay que nivelar, saber lo que cobra el otro; más o menos andamos todos iguales. Vemos cómo andan las cosas para cada grupo y nada más, porque hacemos lo mismo; eso es lo que nos une, más que nada.

Entrevistador/a: ¿Y la Embajada?
Alberto: La Embajada no se utiliza. Yo estoy inscripto como músico en una lista. Así que si alguien llama a la Embajada porque quiere saber sobre un grupo de músicos con tales características le pasan mi número y nada más. Ellos no se responsabilizan ante el cliente, ni ante mí. Sólo nos comunican. Y de vez en cuando te llaman para alguna reunión que hacen, pero son fiestas muy frías, con peruanos que no te dan corte, en almuerzos en hoteles (no como la fiesta que viste, porque esa la organizó Carlos Valderrama; al menos eso me dijo). Me había conocido en un pub, donde se acercó a felicitarme y se presentó; después lo vi cuando fui a la Casa del Inmigrante, en la parte de arriba donde vive él, para arreglar lo del pago por el servicio para la fiesta del Día de la Independencia y me aclaró que la plata salía de la Casa del Inmigrante y no de la Embajada. Él se queja de que la Embajada no hace nada y recién ahora como que se están empezando a llevar, porque está metido ahí ahora. Para mí, la Embajada hace lo que puede porque no debe tener fondos suficientes, sino pienso que haría cosas. Perú es un país pobre; no creo que le pueda mandar mucha plata como para hacer cosas.

Entrevistador/a: ¿Sabes que hay una muestra de platería peruana en un museo?
Alberto: No sabía nada de la muestra. Voy a ir a verla, entonces.
 

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