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Carlos Valderrama

Carlos Valderrama

    Carlos Valderrama pertenece a la primera generación de inmigrantes peruanos en el Uruguay. Es director de la Asociación Cultural Uruguayo-Peruana César Vallejo y de la Casa de Inmigrantes.  

Entrevistador/a: ¿En esta casa se puede residir o es sólo un lugar para dormir?
Carlos: Acá se puede dormir y se puede vivir. Pero la Casa debe servir de tránsito para que otros vengan. Por ejemplo, había un muchacho que estaba hacía dos años sin poder embarcar, (veinticuatro meses, más de setecientos días). Me decían: "¿cómo vas a mantener a esa persona? ¿Por qué no lo echás?". Pero a mí no me interesa eso. Si esto [el alojamiento] lo trato fríamente, no me sirve. Es más que algo económico. Y ahora vino este muchacho diciendo que se va a embarcar y eso me satisface. En el 2001 vimos que no solamente había peruanos que estaban en situación de calle; había chilenos, africanos, colombianos y argentinos. Y es ahí donde la casa se convierte en Casa de los Inmigrantes César Vallejo, sin ninguna nacionalidad, o sea, para todos los inmigrantes que están en la condición de inmigrantes. Inclusive recibimos a uruguayos que están en situación de calle. La pusimos al servicio de todos aquellos que estén vulnerables dentro de la sociedad.

Recién hace un año y pico está funcionando el cyber, que tiene una función social y comercial. Social, porque damos unos cuántos minutos a los que no tienen recursos, incluso a estudiantes y a uruguayos que no tienen un peso, para que puedan saber cómo está su correo o leer algunas cosas que a ellos les interese. Nos vemos obligados a cobrar porque esta casa se autosostiene con el voluntariado de los compañeros de la asistencia social, con el interés de un médico, con el voluntariado del que está encargado del cyber; ellos no cobran nada, como el que habla. Intentamos cubrir esto lo máximo posible. Alguna gente que puede abona veinte pesos para cubrir los gastos administrativos como el agua, la luz, el alquiler.

Entrevistador/a: ¿Cómo llega el inmigrante a contactarse con la Casa?
Carlos: Mirá, esta casa es conocida a nivel nacional y nos han enviado mucha gente. Por ejemplo, un policía nos mandó una vez a un colombiano que estaba perdido. Han mandado a los africanos […] o igual también llegan aquéllos que, caminando por la Ciudad Vieja, se encuentran con la Casa. A veces llegan y te tocan la puerta: "¿quién te mandó a vos?". "Me mandó una señora", "me mandó un policía", "me mandó una institución". Así llegan hasta acá.

Entrevistador/a: ¿La Casa del Inmigrante es apoyada por el barrio y por la sociedad uruguaya en general?
Carlos: Ahora creo que sí. La prueba está en esta carta. No suelo leer estas cosas, pero a veces sí lo hago. Tengo una carta dirigida a la Embajada alemana enviada por la Intendencia Municipal de Montevideo. Esto supone un reconocimiento de lo que estamos haciendo de la propia Intendencia y ahora también del Ministerio de Desarrollo Social.

Entrevistador/a: ¿Cómo es la integración con la red de merenderos?
Carlos: Nosotros tenemos leche y a veces damos leche en las tardes. La red de merenderos […] viene de antes; se creó en la Ciudad Vieja en el momento de la crisis económica. La gente comenzó a tratar de cocinarse en forma colectiva. Dentro de esa red comenzamos a trabajar.

Entrevistador/a: Estar incluido en la red de merenderos ¿qué tipo de apoyo implica?
Carlos: El único apoyo que te dan es la leche. Y esa leche tenemos que administrarla bien, porque yo quiero que vaya realmente para las personas que más la necesitan.

Entrevistador/a: ¿Cuántas personas residen aquí?
Carlos: Ahora estamos residiendo como sesenta personas.

Entrevistador/a: ¿Qué pasa cuando llega mucha gente y no tiene lugar para alojarlas a todas?
Carlos: Allí está la respuesta [señala a una señora que estaba sentada en la cama esperando para dormir]. Los trabajadores inmigrantes que vienen acá son, en su mayoría, peruanos, y llegan con la finalidad de embarcarse como tripulantes en los pesqueros. Supuestamente, cuando vienen tienen que pagar lo que les corresponde, pero se les da facilidades: son treinta pesos por día (aunque un 60% vuela para otro lado).

Entrevistador/a: ¿Luego de embarcarse consiguen el dinero?
Carlos: Claro, se van a la mar, pero antes pueden estar tres meses, un año, un año y medio sin poder embarcarse, y entonces, ellos no pagan un peso. Pero cuando ya están embarcados, algunos tienen doscientos o trescientos dólares y tendrían el deber de abonar el tiempo que estuvieron acá. Es un contrato que hacemos, sea de palabra, sea con un documento, pero los compañeros no realizan esa retribución. Hay un 40% que responde y un 60% que no. Hay gente que no puede embarcarse y luego de cinco, seis meses, retorna al Perú; a ellos la casa les subsidia. Toda esta modalidad es nueva. No nos consideramos un comercio sino un apoyo a la gente. A mí me joroba, por ejemplo, que haya gente que puede estar en otros lugares donde se les puede dar un espacio, pero no sé qué pasa y vienen para aquí. Creo que hay cierta indolencia con la gente que está en situación de calle.

Entrevistador/a: La Casa está apoyada por un grupo católico. ¿Hay algún culto que se practique en la Casa?
Carlos: No. A veces vienen los mormones y nosotros no les decimos que no. Está abierta para todas las personas. Cualquiera que venga a hacer actividades y a crear una conciencia que le permita al inmigrante y a las personas salir adelante, bienvenido sea. Pero si alguien viene haciendo macumbas o cosas así, no, no. Las cosas malas déjenmelas en otros lados. Siempre que se venga a hacer cosas positivas, se permiten. Inclusive, cuando alguien llega con cierto pesimismo, ya le estamos diciendo algo para que cambie el humor.

Entrevistador/a: ¿Los peruanos que llegan profesan alguna religión?
Carlos: La mayoría es cristiana, no católica. No concurren a iglesias ni siguen los ritos de concurrir a misa. Algunos, muy pocos, concurren a los grupos adventistas, a la Iglesia protestante. Pero van porque los llevan, van porque estuvo una amiga.

Entrevistador/a: Cuando llega un peruano a Uruguay ¿tiene que registrarse?, ¿tiene que concurrir a la Embajada?
Carlos: No, normalmente le dan la visa por noventa días y después, algunos, si Dios quiere, se van a registrar a la Embajada peruana. Es para saber cuánta gente llega, cuánta gente se va, pero en realidad no se lleva un registro de verdad.

Entrevistador/a: ¿La Embajada tiene algún tipo de plan de apoyo, de ayuda?
Carlos: Nada, nada. El mejor apoyo es lo que estamos haciendo nosotros acá; no es porque yo esté acá, es que la gente nos dice eso.

Entrevistador/a: ¿Cómo se organiza la casa?
Carlos: Mirá, tenemos cuartos alojamientos. Cada uno tiene cuatro camas en dos cuchetas; otros tienen tres cuchetas (son seis camas entonces). La gente se va acomodando a las circunstancias. Lo que tenemos está especificado: cuchetas para uruguayos que están en situación de calle y otras para inmigrantes.

Entrevistador/a: ¿Esa distinción por qué es?
Carlos: No es por ningún conflicto. Un día –esto lo cuento porque son cuestiones anecdóticas que a veces pueden describir– estábamos aquí almorzando (habría unas diez nacionalidades: un colombiano, chilenos, peruanos), entonces, un uruguayo me dice: "será que siempre tenemos que probar la comida peruana aquí". Yo le dije: "pero si el cocinero es peruano, la mayoría aquí son peruanos, vivimos acá colgados de la red, ¿qué quieres que haga?".

Entrevistador/a: ¿La comida de alguna forma influye?
Carlos: Claro, porque se identifican; pero más que eso, a veces. El inmigrante quiere dos cosas: tener el afecto de alguien que le diga: "mira, estamos contigo. Estoy con problemas pero estamos contigo" y que lo haga sentir bien. El inmigrante viene ya con ganas de trabajar, aunque sea de cualquier cosa, pero con ganas de trabajar. Porque no te olvides que tiene compromisos familiares que asistir.

Entrevistador/a: ¿Ustedes trabajan con alguna ONG, con alguna empresa?
Carlos: Tenemos al CIPFE (Centro de Investigación y Promoción Franciscana y Ecológica), cuyo director es Pedro Constini, y que fue el único que respondió de tantas ONG a las que les planteamos que nos ayudaran, cuando estábamos por perder la casa. Porque la casa la adquirimos inicialmente por pecunias nuestras, pensando que esto podía funcionar. Vino la crisis en el año 2002 y perdíamos la casa, porque estábamos pagando mil dólares por mes y era imposible seguir pagando al Banco Hipotecario. Así tocamos cincuenta mil puertas. El único que creyó en este proyecto fue Pedro Constini, que es el cura franciscano, director del CIPFE. Y nos sigue apoyando, ahora más que económicamente nos da la infraestructura que el CIPFE tiene, y que es muy importante. Yo, supuestamente, estoy trabajando como funcionario del CIPFE. Eso nos ha posibilitado contrarrestar el propio espíritu xenofóbico de algunos jovencitos que nos rompieron la puerta, que nos tiraron balazos, que golpean a la gente, y también de la propia Policía.

Entrevistador/a: ¿La Policía?
Carlos: La policía siempre tuvo –ahora ha cambiado un poco– un espíritu xenofóbico, sobre todo contra los peruanos. Yo los entiendo, porque […] hay peruanos con una cultura, costumbres y hábitos totalmente diferentes a los de los uruguayos.

Entrevistador/a: ¿Y eso genera rechazo?
Carlos: Claro, eso genera desadaptación. En la medida en que los muchachos no entienden que están en un país que no es el suyo, que tiene una cultura y hábitos diferentes que tendrían que respetar, quieren imponer las costumbres del Perú. Y son costumbres que molestan a los uruguayos, por ejemplo, el ruido, el estado alcohólico de los peruanos. Eso fastidia. Acá venían –ahora han cambiado un poco y va cambiando, porque es un proceso– y no respetaban nada; te venían mareados, te tocaban la puerta con violencia. Lógicamente que eso perturba no sólo a los que viven en esta casa, sino a toda la vecindad.

También hay una resistencia a organizarse por parte de los trabajadores inmigrantes peruanos. Es que esta gente se formó en un período de Estado del terror: la época fujimorista. La universidad militarizada, los sindicatos militarizados, las fábricas militarizadas. Entonces, existe un miedo y un temor, un pánico a organizarse. Eso se reproduce. Con todos esos elementos negativos vienen acá y tienen miedo. Muchos, inclusive, venían apoyando a Fujimori y nosotros acá les decíamos: "¿por qué [apoyas] a Fujimori?". Y contestaban: "porque hizo las calles bonitas". "Pero bueno, ¿por qué estas acá?", les preguntábamos. "¿Por qué te ves obligado a dejar tu país, a las mujeres, dejar a tus hijos de tres o cuatro años, y venirte a trabajar a Uruguay?".

Entrevistador/a: ¿Y el hecho de que la Casa sea una asociación cultural, no les genera desconfianza?
Carlos: Claro. Pero ahora se va perdiendo el miedo; es un trabajo que venimos haciendo. Supuestamente, yo estaba acusado de pertenecer al Partido Comunista del Perú y a Sendero Luminoso. Entonces, lógicamente, la propia Embajada y el propio Consulado habían sembrado pánico para que nadie se acercara. Hace un año las cosas cambiaron. Ahora pertenezco, inclusive, al Consejo de Consulta de la propia Embajada peruana. El Consejo es un organismo independiente y no independiente de la Embajada. Todos los peruanos que fueron a esta reunión me eligieron, me votaron. Ahora las relaciones con la Embajada son como tienen que ser. Por más que esté refugiado, soy peruano.

Entrevistador/a: ¿Ahora tiene apoyo?
Carlos: No, ningún apoyo, pero vamos tratando. Por ejemplo, existe la Convención Internacional de los Trabajadores Inmigrantes de 1990, que estamos intentando que se aplique en todos sus artículos y que se respeten los derechos de los trabajadores inmigrantes y de sus familiares. Además, venimos haciendo actividades en el Día del Inmigrante, que existe a partir del 18 de diciembre del 2003. El año pasado, el 18 de diciembre de 2005, nos invitaron a una actividad en el Cabildo en donde estuvo la ministra del Ministerio de Desarrollo Social, Marina Arismendi, y un representante del Ministerio de Relaciones Exteriores, Fernando Lubris. Estuvieron presentes también una serie de organizaciones. El Uruguay aprobó esta Convención Internacional y la hizo ley, la Ley 17.107. Aprobó los noventa y cuatro artículos de la Convención, pero no la aplica. Es una de las razones por la que estamos en conversación en una Comisión a nivel del Ministerio de Relaciones Exteriores, trabajando para que el Uruguay la pueda aplicar. Uruguay tiene que exigir a otros países del mundo, donde hay inmigrantes uruguayos, que se cumpla con la Convención Internacional respecto al trato de estos países con los uruguayos que están como trabajadores inmigrantes. ¡Y cómo lo va a hacer si no empieza por casa!

Entrevistador/a: ¿El Estado uruguayo ha sido receptivo a estos pedidos?
Carlos: Mirá, yo creo que en el Gobierno uruguayo existía xenofobia. Se quería responsabilizar a los inmigrantes peruanos de la crisis económica que estaba viviendo el país. ¿A quién le echamos la culpa? Se trataba de culpar a los inmigrantes peruanos. Pero eso se ha ido superando; inclusive, antes del Gobierno frenteamplista. Quizás nosotros hemos jugado un papel importante en ésta situación: hemos sufrido que nos rompan la puerta, hemos sufrido atentados, que nos rompan los vidrios de las ventanas, pero seguimos peleándola.

Entrevistador/a: ¿Y la Policía?
Carlos: […] Nosotros no respondimos a las agresiones hechas por algunos jovencitos. Acá hubo un día en que nos rompieron la puerta –y lo recuerdo muy exactamente, era un 15 de abril de 2003– y casi me tiran todo abajo. Había compañeros peruanos pescadores que querían salir a responder; había como treinta con palos y querían salir a responder, a defenderse. Yo les dije que no salieran, que no podíamos responder de la misma forma en que habíamos sido agredidos.

Entrevistador/a: ¿Llamaron a la policía?
Carlos: Claro, llamamos a la Policía. Otro día, el 17 de julio del 2002, vinieron unos guachitos y me dispararon; no me mataron porque la bala entró por debajo de la puerta. Es un grupo que actuaba con un espíritu xenofóbico. A veces los espíritus xenofóbicos no se dan por casualidades. No eran delincuentes, porque los delincuentes no te van a tirar pintura en la puerta (un galón de más de cuatro litros cuesta más de cuatrocientos pesos). El delincuente necesita ese dinero para el porro, lo necesita para la pasta, lo necesita para el tulú, pero no te va a tirar al aire. Son grupos organizados xenofóbicos de gente muy joven. Nosotros no respondíamos a ese tipo de agresiones. Los tipos querían que vos respondieras, pero si respondés a eso perdemos nosotros. Entonces, tienes que recurrir a la Policía, desgraciadamente. La Policía está para cuidar el orden, y a ellos tenemos que reportarlo.

Entrevistador/a: ¿Los peruanos piensan en regresar al Perú?
Carlos: La gran mayoría quiere retornar. Quieren trabajar en el barco en la mar; luego comprar su terrenito, comprar su casita, la construyen… Después, ponen algún almacencito o se compran un auto para taxi. Porque allá, si tienes un auto, ya lo puedes hacer taxi; no es como acá que hay que comprar la chapa, es diferente.

Entrevistador/a: ¿Se mantienen informados de la vida política de allá? ¿Concurren a las votaciones aquí?
Carlos: Acá, se inscribieron para las votaciones más de setecientas personas y solamente han votado quinientos cincuenta. Hay muchos que no han regularizado su domicilio y no se registran. Debe haber unos dos mil, tres mil peruanos en Uruguay. Es poco, porque en Argentina hay unos doscientos mil, en Chile hay ciento veinte mil. Son poquísimos, pero tres mil para Uruguay son tres mil.

Entrevistador/a: ¿Los peruanos generalmente se casan entre peruanos?
Carlos: No. A veces se casan entre peruanos, pero la mayoría de las peruanas se casa con uruguayos. Los peruanos también; ya algunos residen acá, conocen a alguna muchacha y hacen su familia. Yo les digo que para el estudio de sus hijos éste es el mejor país de Latinoamérica. Ustedes tienen un privilegio que no existe en Perú; si quieren estudiar van a conseguir hacer la carrera. Para la Universidad San Marcos, por ejemplo, se postulan ochenta mil para tres mil vacantes. Yo tengo aquí a mi hijo estudiando y veo cómo le exigen cada vez más.

Entrevistador/a: ¿Hay mucha diferencia entre el español que hablan los uruguayos y el que hablan los peruanos?
Carlos: No. Lo que pasa es que usamos términos diferentes: palabras que ustedes utilizan de una manera e interpretan de una forma, nosotros lo hacemos de otra. Te voy a contar una cosa que nosotros siempre sacamos al aire y explicamos. Mi hijo estaba comiendo un durazno en la jardinera y me dijo: "papá, yo le dije a mi amigo que estaba chupando la pepa y todos se rieron". Nosotros decimos pepa al carozo, la semilla. O, por ejemplo, me decía: "papá, no sé qué pasa que cuando yo digo voy a coger a la persona, se ríen". Eso no se dice. Esos términos muchas veces te complican. Por ejemplo, cuando yo trabajaba en el Mercado Modelo, boniato para mí no es boniato, es camote. Lo que ustedes llaman banano, para nosotros es plátano. Chaucha para nosotros no es chaucha, es alverjitas. Son términos diferentes, pero el castellano es el mismo.

Entrevistador/a: Dan respuestas más cortas, también, ¿no?
Carlos: Sí. Ellos dan contestaciones cortas, a veces incoherentes. Es el nivel cultural; tienes que entenderlos. Porque los que han emigrado a otras partes de América Latina son sectores muy atrasados, gente que no tiene experiencia en migración y eso también se refleja. No es el idioma. Es que se sienten marginados, y ellos se automarginan también, ellos se aíslan. Es por eso que forman como guetos.

Entrevistador/a: ¿Los vecinos de la Ciudad Vieja hacen reclamos con respecto a los inmigrantes?
Carlos: Ahora ya no, hay pocos, pocas situaciones de queja de la gente. Antes, en el 2002, la Policía y la gente decía que acá vendíamos drogas, vendíamos esto, vendíamos aquello. ¡Imagínate vender estupefacientes! No estaríamos viviendo acá.

Entrevistador/a: ¿Podría destacar tres contribuciones positivas que hagan los inmigrantes peruanos a la cultura uruguaya, a los uruguayos?
Carlos: Yo diría que la primera es la solidaridad. La segunda es que nosotros no nos quedamos, y la tercera es la alegría. Te explico, cuando estábamos haciendo las reformas en esta casa, nos decían cómo íbamos a hacer las reformas con toda la gente, y yo les respondía que así construimos nosotros. Y así la estamos transformando, con gente adentro. No dejamos de hacer las cosas. Los uruguayos hablan mucho, pero no son muy ejecutivos. Yo soy concejal acá, en al Ciudad Vieja, y a veces los escucho hablar; se habla durante tres horas. Nosotros estamos haciendo. Había un muchacho uruguayo; le digo que voy a hacer los baños arriba y él me decía que no, que los baños quedarían [sic] chicos. Yo le dije: "mirá, acá hay que ser práctico y funcional: vamos a hacer los dos o tres baños y después, veremos". Vamos a ir arreglándolos después, pero primero los hacemos. Lo que nosotros podemos aportar, y estamos aportando, es [enseñarles] a ser ejecutivos. Esos tres aspectos: la solidaridad, la decisión y la alegría.

Entrevistador/a: ¿Y cuáles son las tres principales dificultades de integración que ustedes afrontan?
Carlos: Primero, lo cerrado que son los uruguayos; son muy cerrados. No te permiten ingresar a su entorno y son muy celosos con su propia intimidad familiar. No ingresas a su casa, ni a su vida. Nosotros somos, en ese aspecto, muy abiertos; si alguien quiere ingresar a tu vida, se la abres. Además, los uruguayos no aceptan críticas; no son autocríticos. Es la verdad: no tienen humildad. En cambio, nosotros somos muy autocríticos, no todos, lógicamente, pero eso es parte de la idiosincrasia. Criticamos y nos criticamos, corregimos y avanzamos. Tampoco nos quedarnos en la autocrítica destructiva; eso no nos sirve. El uruguayo se cree que las cosas que hicieron, las hicieron, y no hay críticas que valgan. Yo creo que el ser humano tiene que ser humilde. Eso es lo que tiene mi hijo, por ejemplo: no es humilde. Luchamos para que lo sea, porque la humildad (sacada de una frase de Mao) es cosa de los grandes hombres.

Entrevistador/a: ¿Cómo mantienen sus costumbres los peruanos en Uruguay?
Carlos: No te olvides que la inmigración que ha venido al Uruguay es el sector más atrasado del Perú. Ellos son mucho más resistentes a integrarse y a reinsertarse socialmente; se resisten y por lo tanto se automarginan. Esa automarginación, lógicamente, se convierta en un problema. En el Perú hay mucho racismo, un racismo mucho más intenso que acá, mucho más fuerte que acá. Ya te he dicho que hay diversidad de formas culturales en Perú, diversidad de razas. El cholo margina al blanco, el blanco margina al negro. Hay una marginación y un racismo muy profundizado en el país.

Entrevistador/a: ¿A quiénes se les dice cholos?
Carlos: Cholo se le dice a la mezcla del indígena con el español; al serrano generalmente [se le dice así] porque son de los Andes. Habrá muy pocos que sean verdaderamente descendientes de los indígenas; ya todo está todo mezclado.

Entrevistador/a: ¿Cómo hace un peruano que viene para mantener sus comidas?
Carlos: El trabajador inmigrante –y eso debe pasar con los uruguayos que salen fuera del país, para quienes la carne es la base de la comida– tiene que acostumbrarse y resignarse. El que va como trabajador inmigrante va a lucharla y se va a tener que resignar o adaptar más o menos a las condiciones culinarias. Acá, por ejemplo, se cocina de todo, y se tiene que aceptar lo que hay. Y bueno, como están cerca del puerto, salen a requechear [sic] pescado de cualquier lado.

Entrevistador/a: ¿Consiguen pescado?
Carlos: Claro. Lo que pasa que acá no lo saben utilizar. En Perú comemos hasta la cabeza del pescado, y comemos bien. Ustedes no están acostumbrados a comer pescado y quieren comer pescado puro filete. En Perú se come todo, no se pierde nada. Hasta las espinas se comen. Hay lugares en donde comen las espinas del pescado: lo fritan en aceite bien caliente y las espinas se convierten en algo crocante. Fritan un pescado en aceite bien caliente, sin harina, sin nada, y se come todo, no queda nada. Depende de las costumbres. La carne de chancho ustedes no la comen y nosotros hacemos chicharrones con la carne de chancho. De la longa de chancho con hueso, de esos cerdos viejos de cinco, seis años, se saca la manteca, y a la vez te comes esa carne. Se pone en el sartén tres o cuatro horas y ahí se va cocinando. En el perol salen unos chicharrones, o sea, la carne de cerdo sin grasa, y eso uno lo come con choclos. Pero acá no hay maíces grandes; acá hay un choclo que para nosotros […] es para el pollo, porque es el que se desgrana para darle a los pollitos. El choclo nuestro, o sea, el choclo verdaderamente, es más o menos grande, es rico, dulce, suave. Lo comes con el queso. Eso en el Cuzco se come y en todo el país. Hay una chicha morada que nosotros sacamos del maíz morado. Es ésta y les voy a dar para probar; es un refresco que en Perú se hace mucho porque te baja la presión. En Perú hay muchas plantas curativas como el rocoto, que es el ají muy picante, que es cauterizante para las úlceras.
 
Entrevistador/a: ¿En los hospitales públicos les hacen algún problema para recibirlos?
Carlos: Ahora estamos en la lucha, tratando de coordinar con la Intendencia Municipal de Montevideo para poder tramitar el carné de salud, el carné de asistencia del pobre. Acá hay una solidaridad, también, que ayuda mucho; tenemos compañeros, que son médicos peruanos, y tratamos de dar una mano. Si [una persona] está en una situación muy difícil, si está delicada de salud, entonces, hay que apoyarla.

Entrevistador/a: ¿Acá, en la Casa, se festeja alguna fecha o acontecimiento en especial? Por ejemplo, ahora que se viene el Día de la Independencia del Perú, ¿se hace algo?
Carlos: Sí, hacemos algo especial. La Embajada peruana celebra esto: se conmemora el ciento ochenta y cinco aniversario de la independencia del Perú. Lo vamos a celebrar con una misa. Uno trata de participar de esta misa, que va a ser el 30 de este mes de julio con toda la colectividad, con toda la colonia peruana, en la Iglesia de los Inmigrantes; es una Iglesia italiana, por allá, por Avenida Italia. Y el 28 la Embajada hará una muestra de unos veinte cuadros en el museo Zorrilla y van a exponer también todos los trabajos de plata que se aprecian en Perú. Es interesante y va a estar abierto a todo público durante treinta días, mostrando un poco lo que es la alfarería peruana. Perú está reconocido por eso: la alfarería, los trabajos de plata, los trabajos en filigrana, en oro, son de los mejores de América Latina, porque generación tras generación ha ido transmitiendo el trabajo.

Entrevistador/a: ¿Existe algún lugar de comida típico peruano?
Carlos: Sí. Existen, por ejemplo, dos lugares, tres lugares, que están en 25 de Mayo y Juncal; preguntas por ahí dónde hay comida peruana y te van a decir. Son peruanos y están uno casi frente al otro. El otro lugar está entre Mitre y Piedras y se llama La nueva esperanza […]. Y otro lugar donde vas a encontrar baile muy típico del norte es en Machu Picchu. Tengo un problema con el japonés [dueño], porque es una ofensa al Machu Picchu; éste es un patrimonio histórico de la humanidad y un lugar donde la gente va a bailar no puede llamarse así; es un asco. Lo administra un japonés, pero es una bailanta peruana, donde va toda la gente peruana. Ahí vas a ver tú  cómo bailan en el Perú.

Entrevistador/a: ¿La fundación de la Casa del Inmigrante también se celebra?
Carlos: Sí. El 16 de abril, que es el día del nacimiento de César Vallejo. Vallejo, para nosotros, es un símbolo (como poeta revolucionario) y hacemos siempre un acto; aunque sea recitamos Los heraldos negros o Masa. Los heraldos negros es un poema de mucha profundidad de Vallejo, que muere como un poeta revolucionario en la época del 30; murió en el exilio, pobre, tuberculoso.

Entrevistador/a: ¿Casi siempre hay peruanos parados en la esquina de la calle Misiones y la rambla ¿qué hacen allí?
Carlos: Es la agencia Barros. Eso es lo que nosotros llamamos hacer boya. Hacer boya quiere decir que la persona está parada esperando que la agencia lo llame o lo solicite. "Estoy haciendo boya", "voy a la boya" […] [significa que]  estoy parado allí en la agencia; puede ser en Transchil, en Barros, en la Mar Platense o en la Santa Ana. Están parados allí porque se enteran qué barcos llegan, de qué agencias y si van a necesitar marinos o no. Es una costumbre. Uno va aprendiendo esas costumbres.

Entrevistador/a: ¿Hay otra casa de inmigrantes en Uruguay?
Carlos: No. Ésta es la única. Esto es un globo de ensayo. A muchos les gusta porque ni en Argentina hay algo como esto, no hay en otro lado. Y ves que estamos sacándolo con mucho esfuerzo.

Entrevistador/a: ¿Y otro tipo de asociaciones?
Carlos: Sí. Mirá, hay otras organizaciones que, de una u otra manera, dirijo o participo. Por ejemplo, hay varios SEDHU [Servicio Ecuménico para la Dignidad Humana] que trabajan directamente con inmigrantes. Pero nosotros somos diferentes porque acá algunos viven y conviven. Ninguna Embajada nos ha dado nada, ni una cama, ni un colchón, y hemos tenido inmigrantes de todas las nacionalidades. Pero ninguna fue capaz de darnos algo. El SEDHU, como organismo, si nos apoya, nos da una mano bárbara; es parte de la estructura. Cuando hemos hecho alguna actividad, como el Día del Inmigrante, hemos sido invitados por el Gobierno uruguayo. Esta es una experiencia nueva en América Latina.

Ahora tenemos como treinta peruanos aquí, pero van y vienen, no son las mismas caras. Por ellos he aprendido sobre el trabajo en el mar: la marea corta, la marea larga, trabajar en factoría, en cubierta, ser cocinero, ser chef… El único tema del que ellos te hablan es ese. Esto, para mí, también ha sido muy importante, porque uno va viendo de todo. Vamos a seguir peleándola.

 

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